Sr Dn Antonio de Heredia y Bazán.
Esquela particular
Señor:
Como recordará V. S., cuando nos restituimos del Pinatar el abogado Don Fernando y yo con los testimonios recogidos en aquel lugar al respecto del fraude de la Gleda, tuvo V. S. la gentileza de convidarnos a una cena en su aposento privado. Durante esa velada convinimos los tres que la vía judicial no aportaba resultados positivos, puesto que la mayoría de los que fueron preguntados se atenían a los mismos argumentos, sin que se pudiese adelantar mucho en su resolución.
Tanto V. E. como Don Fernando fueron de la opinión que ante esa panorámica, era preciso, mediante el poder especial que se me otorgó, procediese yo personalmente a indagar en ello de forma extrajudicial pero con licencia plena de usar de todos los medios, defensas y actuaciones que fuesen precisas. Para ello vos mismo refrendasteis el nombramiento y me disteis las patentes para la justicia.
Quedó concretado que todo lo que actuase yo en el asunto debía ser confidencial, y que sólo nos comunicaríamos mediante los servicios de mi criado.
A los pocos días, volvió Juan del Pinatar, y me refirió lo que había acontecido allí. Todos seguían sus labores, menos los acogidos en la parroquia. La mujer de uno de ellos pudo contarle que estaban más asustados después de que Cevallos hubiese hablado con ellos durante una misa, para noticiarse de lo que nos habían contado. Una tarde llegaron hasta las salinas siete jinetes, y se encerraron en la casa, de donde salieron al día siguiente. Juan, por no ser descubierto, no se acercó ni quiso seguirlos.
También llegaron algunas personas a la posada de Conesa aparentando ser una huelga. Estuvieron dos o tres días comiendo y bebiendo mucho, y en las veladas trataron de averiguar algo sobre las diligencias que habíamos practicado. El mesonero apenas les contó cosa alguna, pero luego informó al Diputado. Fue cuando desparecieron que Juan se vino para Murcia acompañando a unas carretas de pescado.
Por mi parte, he soltado algunas cuerdas por el Lugar de Algezares, mediante un maestro agrimensor con el que suelo trabajar y que tiene su morada por allí. Me dice que alguna tarde, se reúnen varios hombres junto a la cruz, en un juego de bolos. Pero no tiran ni juegan. Fuman y hablan mucho, de forma discreta. Nunca beben ni se acercan a los demás parroquianos. Un día llegó un jinete con porte de Caballero, y los llevó a todos hacia la Fuensanta, de donde volvieron ya de noche.
Esto por lo de Algezares. Pero en la Ciudad, estoy teniendo otras noticias más preocupantes. Como sabeís por haber asistido a ella, el día de Señor San Tiago se reúnen en torno a la ermita extramuros los miembros de la cofradía a cuyo cargo corre su culto. Como todos los años, con motivo del convite que se hace terminado el oficio religioso, los invitados se derramaron por los huertos inmediatos. Según uno de mis informantes, varios de los Mayordomos de la Cofradía, lejos de unirse al festejo con sus familias, se acercaron a la pequeña ermita que marca el primero de los pasos del vía Crucis que está sobre la acequia Caravija. Parecía como su fuesen a oír otra misa, o a rezar. Pero sólo estuvieron hablando, durante casi toda la tarde, sentados en los pequeños bancos. Dos de sus criados vigilaban que no se acercase nadie. Uno de esos cofrades era Cevallos.
Por otros asuntos de la Real Hacienda, desde hace un año, poco más o menos, estoy siguiendo ciertos negocios de los miembros de esa Cofradía. Es muy delicado, puesto que todos pertenecen a lo mas florido de la sociedad murciana, y sus influencias llegan hasta la Corte. Uno de los que más me interesa ahora es Don Joaquín Riquelme, puesto que el agrimensor de Algezares me asegura que tanto el Jusepe Peñafiel y el Barcelón, sujetos sospechosos en el fraude de la Gleda, suelen hacer trabajos para este señor.
Esta semana que entra, uno de los cofrades de Santiago que me debe algunos favores, y cuyo nombre no me es permitido decir por su seguridad, va a asistir a una reunión que tienen todos los meses en la hacienda del Caracolero que pertenece a la familia de Riquelme desde hace muchos años. No omito recordar a V. S. que esa finca está a pocas leguas del Pinatar, y a menos del Puerto de Rebate, por donde al parecer se llevó la seda hasta la Gleda. Fue por su inmediación donde abandonaron esos siete la galera aquella noche.
Mi intención próxima es que, con motivo de ir a cazar por aquellos entornos, hacer una vista de ojos, reconocer alguno de los caminos. Para no significarme, vamos a formar un grupo de unos veinte jinetes. Sé que os complacería muy mucho ser de la partida, tanto por vuestro gusto por recorrer los campos de este Reino, como por el buen refresco que haremos en la venta de Los Martínez de Doña Lucia a costa de los dineros que me han sido dados para este asunto. Pero los compañeros de caza son gente discreta que nadie conoce, y vuestra presencia resultaría sospechosa.
Quedo a vuestras órdenes según lo convenido.
Dios Gde a V. S, mºs años.
Luís Martínez de La Plaza.

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En la posada los preparativos de marcha se veían por todas partes. En una carreta de bueyes se estaban cargando los pertrechos de la familia del abogado. Cerca de ella, una galera con dos caballos blancos esperaba. Don Fernando y yo habíamos pensado en llamar a los Lorca, por si en el camino se vislumbraba algo más de su testimonio. Estando en esa conversación llegó un propio que venía de parte del Corregidor con una carta, en la que nos ordenaba restituirnos a Murcia, por tener una información importante que comunicarnos.
Decidímos que Juan y otro permaneciesen por el Pinatar y las salinas, para ver si acontecía algo nuevo, lo que no pareció agradar mucho a Salvadora, que yá estaba subida con las otras en la carreta, entre los huecos de los bultos.
A mi ruego, Maese Conesa trajo apuntada en dos papeles la cuenta de los gastos que le habíamos ocasionado. Se le pagó y firmó el justificante que yo debía presentar. Al iniciar la marcha, en el portón de la posada salieron todos a saludarnos, y también el diputado y su gente. Como yo iba a caballo a la zaga de la comitiva, el mesonero me hizo señal, volví y me entregó un pequeño saco.
-Son unos pescaos en salazón, que he visto que los aprecía usted en mucho…
Salí con el bulto atado a la silla, y por llegar antes a Murcia, me adelanté a los demás. Pasado el lugar de Sucina, tomé el camino del Garruchal, pues me interesaba hacer una vista de ojos por Algezares.
Cuando llegué ahí, desmonté, y acerqué el caballo al abrebadero inmediato. En la cruz que preside la plazoleta no había nadie, pero un poco más abajo, en la acequia cercana, unas mujeres estaban lavando, aunque estaba ya anochecido y no es la costumbre hacer a esas horas. Me miraron con recelo, y una de ellas se levantó, cogió sus ropas y se dirigió con prisa hacia el poblado
A pesar de lo avanzado de la tarde, me dirigí al Ayuntamiento, donde el Corregidor tenía su aposento y su despacho. No estaba, pero me recibió Don Pedro Cosío, el alcalde mayor, que lo estaba sustituyendo.
-Don Luís -me explicó-, su excelencia está en La Ñora. En estos últimos dias han ocurrido cosas terribles. Unos operarios de un molino de pólvora, al parecer, cuando estaban con los mazos, han cometido un error. Se ha producido una tremenda explosión que ha retumbado en toda la huerta. Hasta los canónigos de la catedral ha salido de ella muy asustados.
Mientras me ofrecía un vaso de vino, señalándome un asiento, prosiguió:
-Hay que ver lo que las gentes conjuran y sospechan en estas cosas. Se ha corrido el bulo de que, por efecto de la catástrofe, una mano de alguno de los muertos en La Ñora ha aparecido en plena plaza del mercado de Santo Domingo.
Mientras le escuchaba, abrí mi cartera y puse sobre su mesa el memorial de todas las diligencias practicadas en el Pinatar. Él, entusiasmado con el suceso de la explosión, siguió:
-Con eso, hay mucho miedo en la población por la fábrica de la calle de la acequia, junto a los pasos de Santiago. Allí hay mucha pólvora. El Ayuntamiento, por un acuerdo extraordinario, ha pedido a su Excelencia que busque otro emplazamiento más alejado del centro para los salitres. Además este miedo se ha extendido a Cartagena donde, por las precisiones de su guarnición, hay muchas barricas de explosivos en el mismo centro. Y Lorca, lo mismo. Y algunas Villas…
“Su Señoría no descansa apenas con ese asunto, lo que le ha hecho desocuparse de lo demás. Incluído eso…” -señaló mis papeles.
Se sentó y volvió a beber. De un cajón sacó un legajo:
-Yo he tomado esta declaración. Es de uno de Algezares…
Al oir ese nombre, me sobresalté de tal manera que fue visible a Don Pedro.
-¿Ocurre algo?
-Señor. Por algunos indicios, parece que hubo gente de ese lugar que estaba al mando del matute.
-Pues, por esto -volvió a señalar sus escritos- parece son más que indícios.
Y me lo alargó. Es una declaración larga y detallada. Puede usted llevarselo y consultarlo esta noche. Mañana estará aquí su excelencia.
-También habrá llegado el Abogado Herrera -le respondí mientras recogía todo- Es su intención mantener una reunión con su Señoría y con usted para tratar del asunto.
-Lo más problable es que si a ella asiste Dn Antonio, yo deba ocuparme de los salitres. Además mañana hay juicio de aguas en Santa Catalina. -se levantó conduciéndole hacia la puerta- pero creo que nos vamos a ver pronto.
Al llegar a mi casa, dejé todos mis aperos en el dormitorio, me serví un vaso de aguardiente, y me dispuse a leer. Pero el cansancio del viaje hizo que me quedase dormido.
Por la mañana, y con el ruido de las carretas que iban al mercado, me desperté. Quise llamar a Juan para que me hiciera un refrigerio, pero recordé que estaba en el Pinatar. Así que me vestí y me acerqué a una taona donde hacen unos buenos huevos fritos. Después del almuerzo, me acomodé de nuevo en mi escritorio, con los papeles del Alcalde.

 

Declaración: En la Ciudad de Murcia en 24 dias del mes de Agosto de 1742, por Diego Caballero, ministro ordinario de la Real Justicia, se compareció a Agustín Barcelón, vecino de esta Ciudad, y morador en los caserios de Los Algezares de esta Jurisdicción. Del cual el Sr Dn Pedro Cosío, Abogado de los Rls Consejos, Teniente de Corregidor en ella, recibió juramento por Dios, nrº Sr, y a una señal de Cruz en forma de derecho. Y el susdhº lo hizo y ofreció decir verdad. Y so cargo de él, siendo preguntado, dijo lo siguiente:

Pregunta: ¿Le consta que por la marina de la jurisdicción de Orihuela se ha hecho un embarque de seda a deshora, defraudando los Reales Derechos?. ¿Quienes son las personas que lo han practicado? ¿De quién es la seda? ¿Donde se ha comprado? ¿Con qué caudal? ¿Para qué País se ha embarcado?

Dijo: Ha oido decir publicamente que abra un més, con corta diferencia, se hizo un embarque de seda de matute por la marina de la jurisdicción de Orihuela y cala cuyo nombre ignora. Le consta que las cargas de esa especie de seda, cuyo número y libras no sabe, son propias de Antonio Ruíz, Salvador Ruiz, Ginés Almansa, Alonso Ruíz, Antonio Barcelón Yañez, Antonio Rubio, el menor, Juan Illán Genér y Francisco Canales. Todos vecinos del Lugar de Alxezares y personas que tratan en compra de seda, cuyo caudal como propio lo manejan. El del matute, al parecer es producto de un negociado que los mencionados hicieron en el Puerto de Santa Maria hará dos años con unos comerciantes de quienes tomaron crecida porción de géneros y ropas que, según corrieron voces por entonces, pasaria dhº negocio a veinte mil pesos, . Esos no los han pagado ni vuelto a Puerto de Santa María, dejando burlados a los comerciantes. Lo han estado vendiendo en este país y sus cercanias a bajos precios. De cuyo producto es el caudal que manejan para la compra de seda

En la que se ha hecho para el fraude también hace carrera Agustín Jiménez de Cisneros, de Cartagena, residente al presente en Alicante donde es comerciante. En la porción de seda embarcada llevaba dos cargas suyas propias, asistiendo a los demás compañeros. No sé donde se ha comprado esa seda, ni tampoco para que País ha sido el embarque.

Pregunta: ¿De donde le consta lo referido’ ¿A qué personas lo a oido? ¿Quienes se allaron presentes

Dijo: Habrá veinte dias, mas o menos, que estando el testigo en las cuatro esquinas de San Cristobal de esta Ciudad, llegó a el Antonio Rubio “el menor”, uno de los comprendidos en el fraude, y se puso en conversacion. Entre las cosas que hablaron fue del fraude. Preguntándole el testigo el modo y circunstancias, le manifestó el Rubio todo lo que deja dicho. No se halló presente persona alguna, porque fue confidencial la conversación y con el seguro que tenia el Rubio de que el declarante no le descubriría. Pero segun ha oído decir a José Barcelón, mi hermano, a él le consta también todo este caso. El está actualmente enfermo en Los Alxezares, y no sé qué otros puedan haber entendido lo que lleva referido.

Pregunta: ¿En la conversación que tubo con Antonio Rubio dijo de donde sacaron la seda? ¿Que camino llevaron? y ¿qué sujetos además de los referidos le acompañaron?

Dijo: No oyó de donde sacasen la seda ni de quien la habían comprado. pero si entendió que la noche del dia del fraude, que según pudo comprender, fue a primeros o mediado de Julio pasado de este año, transitaron por el Raiguero de Torreaguera, y que entre los que los acompañaban sólo hace memoria fueron Francisco Clemares y Francisco Peñafiel, vecinos de dicho lugar de Alxezares. Que hicieron alto en el Partido que llaman de Escalona y pasaron por el Puerto de Revate, Jurisdicción de Orihuela. Allí se encontraron con el alguacil Mayor de Campo y Huerta de Orihuela, y un escribano que lo acompañaba, que al parecer es cuñado del Benedicto, un Mercader de esa Ciudad. Y antes de llegar a la cala del embarque habían encontrado dos guardias de la ronda de Cartagena. Y no sé otra cosa de lo que contiene la pregunta.

Pregunta: ¿En qué otras conversaciones a oído hablar del expresado fraude y de los sujetos que lo han cometido? ¿Tiene noticia donde se allan los todos los que ha nombrado?

Dijo: En distintas ocasiones a oído hablar del referido fraude, asi en esta Ciudad como en Los Algezares. Pero ha sido con mucha variedad, porque no a entendido otra cosa cierta, si no es que los defraudadores son de Los Algezares, pero sin nombrar personas ciertas ni manifestar nada de lo que el testigo sabe y deja dicho. Y por lo que mira a los sujetos que contiene la pregunta, he hecho el reparo de que no vienen a esta Ciudad como antes. Sólo si vi esta mañana, cuando salí de Algezares para venir a Murcia, que en la Cruz de la Plazuela estaban Ginés Almansa, Antonio Rubio el menor, Alonso Ruiz y Antonio Ruíz. No he visto ni sé donde están los otros, especialmente el Agustín de Zisneros, al que no he visto mas hace de un mes. Discurro que por razón del fraude ande oculto o retirado.

Pregunta: ¿Qué motivo ha tenido para no dar quenta a su Merced o al Señor Corregidor del hecho que deja expuesto, constandole que se está procediendo a su justificación, y la causa de haverlo dilatado hasta que se le a comparecido?

Dijo: Siendo mi residencia la mayor parte del año en esta Ciudad, y que mi proceder con la honradez que es notorio, nunca me persuadí que ese fraude dejase de estar justificado por la publicidad de él y la concurrencia de tantos. Mayormente, cuando lo que el Antonio Rubio me dijo fue en secreto, pareciéndome que estaba obligado a guardarlo. Y aunque con el motivo de haver sabido que procurarían incluir al testigo en este delito, pasó dos veces en el discurso de esta semana a ver al Corregidor y manifestarle en confianza lo que deja dicho, pero no lo ejecutó por estar su Señoría con lo de la pólvora

En este estado mando su Merced cesar esta declaración para continuarla siempre que convenga.

El referido Agustín Barcelón dijo que todo lo que deja dicho es la verdad vajo el juramento que tiene interpuesto, no firmo que dijo no saber, y que es de edad de 52 años. Lizdo Cossio// Antemi ]oseph Royo.

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Como caía la tarde, uno de los que venían con nosotros trajo un farol, para que yo pudiese escribir las declaraciones. Dn Fernando les hizo señal, mientras que el cura permanecía atento a todo. Se acercó uno y los otros se quedaron junto a la puerta de la ermita. Del preguntado resultó ser Joaquín Morales, de estado mancebo, marinero matriculado y morador habitual en aquel partido, declaró que había ido a Murcia para la Procesión del Corpus por ser uno de los mozos de la tarasca. Al terminar todo, y tomando el camino de vuelta por la plaza de los Apostoles se encontró con el Jusepe Peñafiel, que vende jabón y otras especies por el campo de la Marina. El tal le había pedido el barco del Minguez, para un embarque de seda que dijo era suya.
Se concertaron en que el Jusepe le avisaría. Como unos quince días después, estando otra vez en Murcia junto a la Catedral, se lo volvió a encontrar, y le dio razón para el día doce por la noche. Pasados tres días, vino a buscarlo a la orilla, después de la jabega, y caminando hacia La Calavera por el camino que viene a la Parroquia, le confirmó el negocio y le prometió un buen dinero.
A Martín Mínguez, dueño del barco en que iba, para que no pudiese recelar algo, le dijo que iba a apañar el bote a Alicante, y como había una embarcación a la vista que no sabía si pudiesen moros, pudo conseguir que el Mínguez no fuese, asustándolo.
Al atardecer del doce de Julio tomó el barco en compañía de Francisco Clares el menor, Andrés de Alarcón y Juan Clares. A eso de las nueve de la noche, estando yá en la cala que llaman de la Gleda, esperaron como dos horas. Desde tierra se oyeron venir las cargas que comboyaban el Jusepe y otros hombres, que le pareció por las sombras serían catorce o dieciséis. Esos subieron unos fardos al barco, que no los contó pero unos eran más grandes que otros. También subieron el Jusepe y otros seis. Esperaron un tiempo, porque les oyó decir que faltaba uno. El grandote preguntaba si faltaba el Barceló o Antonio, el de la rosa en la cara. Dijeron que no, que esos si estaban.
Como no aparecía el esperado, nos dió la orden de dirigimos a un bastimento que había llegado mientras tanto y que parecía pingüe francés, de cuyo patrón no supo el nombre. Subieron las cargas a su bordo y El Jusepe también, acompañado de otros dos. Pasado un largo rato, volvieron al bote. Alguien mandó de que los llevaran cerca de la Torre Vieja del Pinatar. Esto era ya antes de salir el sol.
El mozo reparó que aquellos sujetos llevaban escopetas de dos y de cuatro palmos, y quizás algunas más, pues iban cubiertos por capotillos. Aunque no había clareado del todo, pudo reparar en algunos de los rostros, y si los viese los podría conocer.
Desembarcados aquellos hombres cerca de la Torre Vieja, el Jusepe le dio dos doblones de a diez y algo más en plata. Lo llamó aparte y le pidió algo que comer porque se iban a detener en aquel lugar. Así lo hizo, comprando unos pescados y, friéndolos. Lo llevó a aquellos encapotados que estaban ya descansando. Unas cuantas escopetas largas estaban arrimadas juntas a una pared. Antes, cuando fue a comprar el pescado, se encontró con su patrón Mínguez, el que le preguntó por el viaje a Alicante. A lo que le respondió que no lo hizo, teniendo noticia del barco que pudiese ser de moros.
El dinero, lo repartió dando cuatro pesos a cada uno de los que hicieron el viaje con él. Confesó que, al comenzar las pesquisas de la Ronda de Alicante y después la de Cartagena, y temeroso de haber cometido algún delito desconocido para él, se fue a refugiarse a la Iglesia, con el permiso del cura.
Escuchabamos atentamente su declaración. El abogado, reprimiendo su enfado por la presencia del sacerdote, preguntó al marinero:
-¿Podeís expresar alguna seña del tal Jusepe o de los otros?.
A lo que contestó:
-Como he declarado, creo se llama Peñafiel. será como de cuarenta años, poco más o menos. De buen cuerpo, recio y moreno y muy cerrado de barba, con una gran pelambrera. De los otros, puedo hacer el reparo que uno de ellos era mejor portado, de unos treinta años de edad, algo más alto y también más distinguido, de poca barba, llevaba calzones de seda de color canelado con charratelas, un jubón que sería verde o azul y un capote oscuro con broches de seda del mismo color. De los demás, no advertí señas particulares algunas, sí sólo que uno de ellos era de más edad que todos. Iban vestidos con jubones de tela de filador con hilo verde y azul y todos se cubrían con capotillos de paño pardo.
-Habeis mencionado dos sujetos moradores en Los Algezares – inquirió Don Fernando – ¿Como sabeis sus nombres?.
-El motivo es que cuando se presumió que esos dijeron les faltaban Antonio Barceló y Antonio el de La rosa, que eran de Algezares. Me consta que estos hombres manejan caudal, y son mis conocidos.
-¿Dónde se encuentra el barco de Minguez al presente? – Terminó el abogado.
El hombre, nervioso, respondió casi sin voz:
-En la actualidad debe estar varado en Alicante, donde lo llevaron a componer.
-¡Don Luis! -me dijo ante la impotencia de no poder proceder a la detención – ¡¡¡leale el declarado y que lo firme…, si sabe hacerlo!!!
El hombre cogió la pluma y temblándole la mano firmó el pliego. Después se retiró con paso acelerado hasta la puerta de la capilla. Se acercó otro:
-¿Nombre?- Indagó con firmeza el juez.
– Francisco Clares, Señoría.
El hombre, ya maduro y curtido por la sal, permanecía encogido y asustado com temiendo alguna represalia.
-¡Don Luis! ¡Proceda! -mientras se secaba el sudor de la cara con un delicado pañuelo de seda.
-¡Joaquín Morales os ha mencionado como compañero en un cierto viaje al Charco de la Gleda!. ¿Qué puede decir?.
– Es cierto que Morales me habló para que fuésemos a hacer una diligencia. Aquella noche fuimos en el barco el Morales, mi hermano Juan y Andrés de Alarcón. Después de anochecido, llegamos al Charco de la Gleda en donde, al cabo de dos horas poco más o menos, llegaron unas cargas de seda que las comboyaban como hasta doce o catorce hombres. Las descargaron en la orilla y nosotros las metimos en el barco. Eran muchos fardos grandes. No pude contarlos por no haber visto todos. Al terminar, esos hombres dijeron que había dos hombres que se habían perdido. Subieron siete al barco. Nos adentramos a la mar, hacía una embarcación que nos estaba esperando. Subieron a ella los fardos y también dos de los viajeros. No sé como se llama el patrón de esa nave. Tampoco oí lo que hablaron. Poco antes de salir el sol, volvimos con nuestro barco a dejar en tierra a los siete hombres cerca de la Torre Vieja del Pinatar.
-¿Conoce a alguno de aquellos hombres?
– Sólo al Jusepe Peñafiel, por verle por esta marina vendiendo jabón. Es del lugar de Algezares, como los otros, según la trama del ropaje que llevaban. Cuando cargaron los fardos, le preguntó el Morales al Jusepe si esperaban a Antonio Barceló. El jabonero contestó que nó, que era a otros amigos.
-¿Y después?
-Nos fuimos a la Encañizada. Morales y yo cocinamos un poco de mújol, cogimos un pan y llevamos todo a la Torre Vieja. Allí vi que, había escopetas de a cuatro palmos y otras más apoyadas en el muro. Tenían una calabaza grande de vino que les oí decir que era de un tal Andrés de Alarcón. El Jusepe le dio al Morales unos dineros por la comida que no tuve fijo si serían un doblón.
-¿Conoce a alguno de los hombres de la torre o de la playa?
-Excepto al Jusepe no los conocí a ninguno, ni oí decir de quien era la seda.
-¿Recuerda algo más?
-No supe cuando se fueron aquellos hombres de la torre. Recuerdo que las cabalgaduras de la playa eran más de veinte pues, aparte de las en que iban las cargas, iban también algunos hombres a caballo. Además, ahora hago memoria como hará como quince o veinte días, ví como Martín Mínguez estaba contando al Morales de cómo había hecho aquello con su barco, y que ya no tenía remedio.
El hombre se quedó callado. Parecía estar dudando de proseguir con sus noticias. Después de un momento, que Don Fernando aprovechó para secarse de nuevo el sudor con un gesto violento, el hombre dijo:
-Señor. No me consta estén prohibidos los embarques de seda, pero por el sigilo con que se hizo aquel, supuse era cosa de fraude. por lo que resolví acogerme a la Parroquia, temeroso de ser preso.
-¿Eso es todo?
-Su Señoría, El Morales y yo nos convinímos en no decir nada a los demás de la Encañizada. No sé nada más.
-Bien. Puede volver a la Iglesia, pero quede prevenido por si fuese necesario proseguir los preguntados.
Don Fernando descansó un momento. La cálida humedad del átrio de la ermita agotaba a cualquiera. Por fin, esas declaraciones suponían algo en la indagación, pero la impotencia de no poder arrestar a aquellos tres hombres le tenía en un estado de ansiedad que le descomponía.
-Don Luis, sólo queda el dueño del barco, creo. Habrá que preparar la certificación de haberlos devuelto a la Iglesia. ¿Qué le vamos a hacer?…
-Conozco al tal Peñafiel. -dije- Es pájaro de muchas pendencias. Lo he visto rondar por los aledaños de las obras del puente y de la catedral. Siempre se acerca a los obreros y les habla entre susurros. Luego se va a la gran taberna que hay detrás de la Puerta del Toro y allí tiene buenos informadores de lo que pasa en la ciudad. En Los Algezares es imposible cazarlo, pues los vecinos callan.
-Bien sé yo que encontrareis la forma de cogerlo.
Volvimos a los preguntados. Martín Mínguez, que se había mantenido a cierta distancia detrás del límite del templo mientras hablábamos, se acercó. Se le mencionaron las declaraciones de Morales y Clares y también lo dicho por Pedro de Lorca. Hizo señal de cruz y comenzó a declarar, asustado y precipitado. Parecía querer contar muchas cosas. Dijo ser cierto todo lo referente al Morales, lo del barco y el posterior reproche por haberlo oído a la gente de la Encañizada. Después de un ligero respiro, siguió hablando:
-En cuanto a lo de Pedro, el de los Lorca, lo que pasó es que, yendo yo la misma tarde del día siguiente del embarque cerca de la Torre Vieja, ví dos hombres con sus escopetas en traje de cazadores, que me preguntaron si yo tenía un carruaje o algo así para llevarlos. Iban para Orihuela. Dijeron que dejándolos en el Puerto de San Pedro ya era bastante. Les respondí que iba a buscar una galera que me traía trigo del Reino, y que si querían irse en ella, yo hablaría con el dueño. Les ofrecí me acompañasen pues la casa del Lorca está cerca. Se excusaron diciendo que andaban por allí otros compañeros con los que tenían que juntarse, por lo cual no podrían hacer el viaje hasta la noche. Yo les dije entonces que fuesen para la casa del Lorca. Y les indiqué donde estaba.
El hombre hablaba de una forma tan precipitada, que casi me costaba escribir todo. El abogado se percató de ello, y, con un gesto de la palma de la mano, le pidió hablase más despacio. Después de comprobar lo escrito, le hizo seña de continuar.
-Seguí mi camino y me encontré con Pedro, el galerero. Hablamos de un porte de trigo que me había hecho. Luego le mencione la huelga de los cazadores. Unos días después, el Pedro me comentó que los había llevado hasta el puerto y que una vez allí, los hombres desaparecieron por el monte después de pagarle el viaje. Uno era Jusepe Peñafiel, y discurro que el otro también sería de ese lugar. Después de aquello, el Pedro de Lorca me ha hecho un cargo de trigo al factor de las galeras Cartagena, y no le vuelto a ver. Cuando comenzó este trasiego -señaló mis papeles- nos refugiamos en la Iglesia.
Parecía ser sincero en sus declaraciones. Era de buen porte y con ademanes de mejor educación que sus compañeros. Mientras contaba su historia, no dejó de mirar hacia el portón de la iglesia donde aguardaban los otros dos. El sacerdote que había presenciado todo, acompañó al ultimo de los acogidos, introduciéndolos en la Iglesia. Después, se acercó a saludarnos mientras terminábamos las diligencias.
-¡No puedo hacer otra cosa! -señaló hacia su ermita- ¡Vuestra Merced me comprenderá!!!
-Descuide, padre, es su derecho y no le podemos tener en cuenta nada. Estas cosas son así. ¿Ellos están bien?.
-Vinieron bien provistos de todo, y aún les queda para varios días. Miguel me ayuda en los oficios y lee algunos libros. Los otros están más asustados. Limpian y echan una mano en las obras del arreglo. No se están quietos por los nervios del asunto. Pero los conozco y son buena gente de aquí.

Continuará…

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Se mantenía desde siglos atrás un concordato entre la Corona de España y la Santa Sede de Roma, mediante el cual ningún miembro de la justicia nacional, regional o local podía adentrarse a ejercer su trabajo de perseguir o detener a posibles delincuentes dentro del recinto de cualquier edificio que perteneciese a la iglesia o a comunidades religiosas. Esto era motivo de numerosos problemas para ambas instituciones, puesto que ocurría con mucha frecuencia, y los “acogidos a sagrado” permanecían dentro de las iglesias o de los conventos durante semanas, y a veces durante meses y años, con todo lo que conllevaba de manutención y convivencia. Por lo habitual, los que lo hacían no eran mala gente sino que, por diversas causas, se habían visto envueltos en problemas judiciales y que se refugiaban en las iglesias mientras se aclaraba el asunto. Pero abundaban los maleantes y vagamundos que conseguían de esta manera un cobijo. Para no estorbar, se acomodaban en los recovecos de las torres o en el lugar destinado para los músicos. Ese recinto de protección comprendía tanto el interior de los edificios como los atrios, los espacios cercados en los frontales de las iglesias y otros similares.

Me acordé del problema que se creó hace unos años cuando el alguacil mayor de Murcia entró con gran bullicio y ruido de armas con sus hombres dentro de la catedral de Murcia persiguiendo a unos ladrones a la hora de la misa mayor. El asunto cobró tanta gravedad que el Corregidor, por exigencias del Obispo y del Dean, tuvo que despedir a todos los agentes de justicia que intervinieron.

Un pequeño pliego arrugado y sucio, se encontraba en la palma de la mano del ministro. Quise cogerlo pero el Abogado se adelantó, lo desplegó con dificultad para no romperlo, y leyó… Al cabo de un momento, mirando el papel por detrás, me lo alargó….

-¡Don Luis! Levante acta de esto.

En el papel se leía:

Martín Minguez, Francisco Clares “El Menor” y Joaquín Morales, vecinos de la ciudad de Murcia, moradores en este partido de la Parroquia nueva, como mejor aya lugar:

Decimos que, con noticia que emos tenido de que se nos busca para prendernos sobre un fraude y embarque de seda que se dice haverse hecho por el sitio que llaman el charco de la Greda, jurisdicción de la ciudad de Horiguela, nos emos refugiado en la iglesia parrochial de dicho lugar donde nos hallamos con el animo de declarar la verdad de lo que supieramos en este asumpto.

Desde luego, nos allanamos a ello, y pedimos y suplicamos a V Md que como Juez que se alla en este paraje entendiendo en esta dependencia admita este nuestro allanamiento y mande que, procediendo las diligencias regulares de seguridad para que no se nos perjudique en esta inmunidad, se nos tomen nuestras declaraciones, en las que se proveherá justicia que pedimos para ello.

Y que atento nos allamos en este paraje sin otro papel que este para formar este pedimento, y se nos admita y provea en el sin perjuicio de los reales derechos.

Martín Minguez, Francisco Clares, Joaquín Morales.

Don Fernando observaba mientras yo copiaba aquel estraño recibo.

-¿No es Don Jaime Arteaga el cura propio de esa parroquial?. -Preguntó a uno de los ministros del lugar.

-Así es, Señor.

– ¡No va a ser fácil!. ¡Todo lo más nos dejará interrogarlos en el portal, pero no podremos detenerlos mientras permanezcan en el recinto de la Iglesia!…

Quedó pensativo un momento mirando la nota. Luego me ordenó

-¡Preparad un comunicado para Don Jaime pidiéndole que preste su consentimiento a fin de que, siempre en la forma que a él le pareciere mejor, dentro o fuera de ese sagrado, se puedan tomar las declaraciones a esas partes, garantizando por mí y firmado ante Vos que ellos han de quedar bajo su refugio.

Mientras el hablaba, yo escribía sus palabras, dándole formato legal a todo el pliego. Al terminar, y resignado mientras lo firmaba, su rostro se había vuelto grave y preocupado.

-¡Son ya demasiados los callados, Don Luis!… Hay que hablar con Don Antonio Heredia. Iremos a Murcia una vez terminados estos autos.

El oficial que había traído el mensaje, Juan y yo llevamos el pliego de demanda al sacerdote, cabalgando a lo largo de línea de la Marina de la Charca. Algunos barcos de los bous hacían su labor, y en la orilla los niños jugaban tranquilamente. Al fondo, marcadas por las salinas, unas nubes azules anunciaban el ocaso. Al llegar a la pequeña iglesia, el cura parecía esperarnos. Con tanto trasiego de mensajes, de rondas y de matutes, el hombre no disponía casi de tiempo para sus misas, y aquello le incomodaba.

-¿Vienen con mandado de Don Fernando? –preguntó en cuanto Juan y nos acercamos. Yo descabalgué y le mostré la solicitud firmada del abogado. El sin mirarlo me dijo:

-¡Señor, por vuestro oficio debeis saber que cualquier acogido dentro del recinto parroquial está protegido por nuestra Santa Madre Iglesia y que no se puede practicar ningún género de prisión.

-Cierto es -respondí con una reverencia de cortesía- Es intención del Abogado Herrera poder tomar declarado a los refugiados sin hacerles presos ni ejercer ninguna violencia sobre ellos.

-Luego sabeís bien que tampoco puedo permitir que se practique por el Señor Juez ni por nadie diligencia alguna dentro del refugio en que se hallan los comprendidos -calló un momento, mirándome fijamente- Pero, por lo que pueda convenir al servicio de Su Majestad, estoy pronto a sacarlos a la reja, para que declaren -volvió a mirarme con severidad esta vez- Es preciso me deís resguardo garantizado de que estos hombres volverán a lugar sagrado sin practicar con ellos ninguna otra diligencia.

El Santo Varón no se sorprendió cuando deposité en sus manos un seguro de caución juratoria firmada por Don Fernando y por mí.

Concretado aquel acuerdo, el ministro del resguardo marchó al Pinatar en busca del Abogado, mientras Juan y yo aguardabamos cerca de la pequeña ermita. Unos pinos protegían del calor.

Por el portalón desvaído aparecieron unas caras asustadas, luego salieron a la tarde. La luz y el calor daba a aquellos hombres un aspecto enfermizo. Parecían asustados y tristes. Miraban preocupados hacia el camino, indagando si vendría gente de armas. Al vernos sólo a Juan y a mí en la replaceta, se sintieron más seguros, y salieron al portón. El sacerdote vigilaba.

Yá casi era de noche. Nadie pasaba por el lugar, pero de las ventanas de las casas cercanas se adivinaban los rostros curiosos de algunas mujeres. Los de la iglesia y nosotros permanecimos largo rato mirándonos, hasta que llegó Don Fernando acompañado únicamente por un Ministro para no asustar a los refugiados. El cura aceptó la presencia del grupo y envió hasta la verja a un hombre joven.

Yo ya tenía preparados los pliegos.

Continuará…

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-Soy Pedro de Lorca, hijo de Bartolome -señaló la puerta por donde había salido su padre- soy labrador y tengo una galera. Vivo con mi padre por ser soltero.
Después del protocolo del juramento y hacerle la cita de la declaración de su padre, dijo:
-No he tenido noticia del fraude de la Gleda hasta que por las Rondas de Valencia que han andado en este partido con soldados habían apresado a algunos de la Encañizada. Me han dicho que era sobre lo del matute.
Hablaba tranquilo y deciso.
“El pasado doce por la tarde de Julio pasado, que era jueves, estando sacando mies con la galera en la hacienda del Conesa -gesticuló hacia la ventana igual que su padre – oí, como le oyeron otros muchos, un tiro hacia levante -señaló- que pudo ser de la torre de la Horadada por ser la más proxima a este partido. Al mismo tiempo ví una embarcación que no puedo afirmar que bastimento sería. Presumí, como generalmente todos que lo oyeron, serían moros. Ahora, después de saber de esas prisiones, he entendido por aquí que se dice que aquel seria el en que se cometería el fraude. Pero yo no sé si eso se ha cometido o no en verdad, ni de qué clase es el fraude, ni por que personas.
Sin que se le recordase el preguntado, continuó:
– En cuanto a lo que ha contado mi padre, lo que puedo decir es que, estándole hablando el Martin Minguez, de San Javier, para que le llevase a Cartagena un viaje de trigo desde el campo salinar en que él había tenido simentero para Don Pedro Perete, que es proveedor de las galeras, me dijo que me había enviado a pedir el trigo porque, como se acostumbra por aquí, yo se lo debía trigo por trigo, y que me lo haía prestado en el invierno pasado para mi uso.
“Otra tarde, la del trece que era viernes, estando yo sacando mies en mi hacienda, y venía ya de vuelta con la galera hacia mi hera, junto a las higueras que hay inmediatas a la casa, me encontré al Minguez. Reconvinímos de nuevo sobre el trigo que estaba tratado y yo le respondí que luego que acavase de sacarlo, que era el dia siguiente. Fue entonces que me dijo si quería llevar siete hombres que habían estado de huelga en esta marina a Murcia aquella noche. Haviéndole respondido que si, porque eso viajes dan dinero, me dijo él que esa gente vendría al anochecer y que me ajustase con ellos para llevarlos. Con lo que se fue, y yo seguí con la galera hacia la hera.
Pidió agua. El Diputado se la dió.
-Esa conversación pasó como a las tres de la tarde. Y luego, siendo como una hora después de noche, estando yo en la casa junto a la galera, vino un hombre pidiendo agua. Le dije que pasase al aljibe en que había cántaros y jarras y que está delante de la casa. Alli estaba sentado mi padre, a quien saludó el hombre. Bebió agua. Entonces ví que había otros sentados en el camino, y que luego que llegó al aljbe el primero, los otros le siguieron. Habiendo bebido, vinieron donde estaba yo junto a la galera. Me preguntaron que si era el que los haba de llevar. Habiéndoles respondido que sí, me preguntaron para tratar del ajuste. Pareciéndome gente de porte, respondí que el viaje se ajustaría una vez servidos. Ellos, sin hablar nada más, se ladearon para que yo pudiese uncir las mulas. Desde la casa mi padre preguntó para qué lo hacía, a que repondí que a llevar aquella gente a Murcia.
Bebió otra vez.
-Con efecto, cuando estuvo preparada la galera y las bestias, se subieron los siete hombres y me encaminé a Murcia. Antes de alejarnos, mi hermano vino a pedirme venir, pero yo le hice gesto que se quedase.
“Pasado un largo rato de camino, y llegando a los altos que hay antes del Puerto de San Pedro me dijeron que parase y que me volviese con la galera. Que ya no me habían menester. Estaba el que habló fuera de la galera cuando me hizo esta proposición, que se había apeado como una media hora antes que los otros seis, a pesar que yo fuí a pie todo el camino a la par de las mulas por estar ocupados todos los asientos del carro, y no haberlo sentido junto a mí.
“Habiéndome conformado con aquello, me preguntaron cuanto se debía. Respondí que una vez que no pasaba a Murcia y volviéndome desde aquel puesto, y que no había perdido un dia de sacar mies y pan con la galera, me quedaría satisfecho con un real de a ocho. El que se haba bajado primero me dio el real en tres pesetas y el resto en cuartos. Y por ser hora ya que clareaba el dia, me volví con la galera a la casa.
-¿Quienes eran esos siete hombres? ¿Que señas o ropa? ¿Traían armas?
-Yo no los conocía ni los conozco. Creo no son de este campo porque asi los conocería. En cuanto a las señas, no hago memoria de otra cosa que algunos llevaban capotillos, y uno que no lo llevaba y iba a cuerpo. No traían las capas puestas cuando llegaron a la casa, aunque algunos traían ropa doblada en la mano, como cosa de capa o capote. Habiendo yo uncido las mulas, se montaron por la saga de la galera los más y por la delantera dos. Y, como llevo declarado, a la media legua antes del Puerto se apeó uno en cuerpo, a quien no le ví armas. Solamente encendió lumbre y tomó tabaco de humo. Cuando me preguntaron si me quería volver con la galera, ya se habían apeado por el otro lado, y se adelantaban camino adelante. Fue cuando advertí que llevaban armas de fuego, unas escopetas que me parece eran largas, que no había advertido quando se montaron. El que fue a pié conmigo llevaba calzones blancos, como aplomados de tiempo, y jubón blanco. Todos llevaban monteras castellanas, que por lo oscuro no puedo decir de qué colores. Por sus aspectos me parecieron hombres no de mucha edad. El hablar del que fue a pié el tiempo que llevo dicho, y en lo demás que oyó cuando se despidieron, era castellano y no alicantino. No puedo dar otras señas por que no hice particular reparo para distinguir uno a uno ni se me ofreció observarlos en inteligencia que eran gente de Murcia que habían venido de huelga, que era lo que me había dicho el Martin cuando me pidió la galera para ese viaje.
-¿Que conversaciones tuvo con los referidos hombres para haber conocido en su lenguaje que eran castellanos?
-Solamente les oí hablar cuando vinieron a preguntar para beber agua, y despues cuando me preguntaron si era el galerero que los había de llevar a Murcia, y luego después, quando se despidieron. Porque como yo fuí a pie a la parte de las cintas y a ratos llevándolas del diestro, no tuve ocasión de conversar con ellos. Alguna vez que fue preciso quedar a la zaga, ví que iban durmiendo. Al que se apeó le pregunté si tenía yesca. Aquel respondió que sí y también sacó su bolsa. Hablamos otras pocas palabras, que no hago memoria por ir yo con el cuidado de la galera, como llevo expresado.
-¿Martin Minguez te dijo qué gente eran los que habían de venir a la galera? ¿Se lo preguntaste, o en qué casa habían estado de huelga? ¿Por qué no se lo preguntaste? ¿Después de pasado el viaje has vuelto a hablar sobre este asunto con Martin Minguez?
-No le pregunté al Minguez qué gente era ni en qué casa estaban. El motivo fue que no se me ofreció reparo alguno, supuesto que Martin me pedía la galera para ir a Murcia con gente que el enviaría, que yo no los conozco pero los conocería él. Como soy galerero y es frecuente portear lo que me sale buscando mi vida para alimentarme y a mis padres, no me pareció o no reparé ni me detuve en informarme de quienes eran, porque fue una conversación de paso con el Minguez con ocasión que yo llevaba la galera de cargado y con las mulas andando. Creí al Minguez de ser gente que estaría en huelga, según las frecuentes que hay en estos meses por esta marina. Pero no he vuelto a ver ni hablar con el Minguez desde aquella tarde del trece de Julio.
-¿La mañana del dia en que sentiste el tiro del cañon de la torre, ibas con tu galera a llevar piedra para la obra de las Salinas?,
-Sólo ha estado mi galera a llevar piedra en dos ocasiones, que la una la envié con un hermano mio al otro dia de Sr Sn Juan que pasó de este año. Ese hermano mio ahora está ausente por haber ido a trabajar con un par de mulas a Granada desde dos dias antes del Sr Sn Pedro. Allí se halla todavía. El segundo viaje que hubo piedra en la galera, yo no fuí, porque la envié con mi otro hermano, que es el muchacho de poca edad, que está ahora en la casa. Ni en aquel dia ni en el otro estuve yo en el salero de las Salinas. Tampoco estuve el dia que sentí el tiro que se me pregunta, y tampóco estuvo mi galera, porque estabamos sacando mieses en casa de José Conesa, como ya he dicho.
-¿Has llevado el viaje de trigo de que dice Martin Minguez te habló la tarde del citado dia trece?
-Habrá diez o doce dias, a mi parecer no pueden ser muchos más, que en virtud del encargo que me tenía hecho Minguez, pasé al campo de las Salinas de Orihuela con la galera. Alli, un pariente del Minguez me entregó el trigo, que me pareze fueron veinte y siete fanegas. Lo conduje a Cartagena, y lo entregué a Don Pedro Perete.
-¿Algo más? ¿Algún recuerdo del viaje?
-Más bien recordado. Ahora hago memoria tener que añadir que al tiempo que llegué con la galera y los hombres a lo alto del puerto que llaman de San Pedro, cuando se apearon, y se apartaban yá de ella los cinco, gritaron al que estaba mas inmediato al carro mirase si en ella se había caído algún pan de los que llebaban en las alforjas. Les respondió que eso no importaba. A cuyo tiempo yo les dije que llevaba un pan grande, como de cinco libras, que lo tomasen, como con efecto se lo alargué. Pero cuando entré en la galera para volverme para aquí, hallé dos medios panes, que no se parecian al que se hace en este campo, por lo que presumí sería el mismo que dijeron haber olvidado.
El jóven, al ver que aquello había terminado, se acercó a mi mesa, como acostumbrado a estos menesteres. Con voz tenue me dijo que a veces, por las introduciones de los pescadores de San Ginés y de Cartagena, se le había pedido declaraciones y testificados. Terminó diciendo no saber escribir, y que tenía treinta y tres años. Y preguntó:
-¿Es preciso que hable mi hermano pequeño?
El Abogado asintió…
Un muchacho de unos quince años se acercó a la mesa, y miraba mis papeles, Le indiqué la silla.
-Dinos tu nombre.
-Francisco de Lorca, señor. Vivo en este campo con mis padres y hermanos.
-Dinos que viste de los hombres que se fueron con la galera.
Casi no podía hablar de miedo:
-Es verdad que un día que estabamos sacando mieses cerca de la casa, no me acuerdo cuando fué, esos vinieron a ella como una hora después de anochecido, cuando ya habíamos cenado y yo, como siempre en verano en la era porque no había mozo para vigilar el grano, primero salió un hombre que bebió agua en el aljibe. No le conocía y me pareció ser forastero. Luego vinieron otros, que no sé cuantos. Y luego mi hermano Pedro puso la galera con un pan. Le oí desde la hera que iba a un viaje a Murcia. Le pedí al Pedro que fuese con el. Pero me respondió que no podía ser por la mucha gente. Mi padre estaba sentado a la puerta de la casa cuando llegaron esos. Al otro dia volvió la galera como a cosa de las siete. No sé ná más.
– Por acelerar esto, deberiámos mandar traer a Martín Minguez ¿No os parece? -Sugerí al Abogado.
Con un brusco gesto, me apremió a hacerlo. Mi reloj de faltriquera indicaba ser cerca de las seis.
Cuando estabamos preparando los papeles para reclamar a Minguez, entró Juan precipitadamente en la sala seguido de un ministro. Me hizo una señal convenida. Don Fernando, que no había pasado por alto la intrusión, me miró. Juan dijo acalorado:
-¡Ha llegado esta nota de la iglesia de San Javier!. Parece importante.
El ministro que también había entrado de forma impetuosa, se quitó el sombrero y añadió justificándose con Don Fernando:
-¡Se han refugiado en sagrado!.

Continuará…

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La mañana siguiente amaneció más fresca. De la tormenta solo quedaban unos charcos y un fuerte olor a tierra mojada. Las criadas, entre las que no estaba Salvadora, habían ordenado y limpiado la sala, colocando las mesas y las sillas en sus lugares para seguir nuestro trabajo. Tampoco ví a Juan por el patio, cuando me trajeron chocolate en un cazo.
El Abogado, después de haber tomado él un tazón de caldo caliente, se sentó y revisando los pliegos, me preguntó:
– ¿Quién toca?
– Martin Gárcia, el abañil de las salinas- respondí.
-¡Procédase! -ordenó al Diputado que estaba junto a la puerta.
Entró un hombre quitándose un pañuelo que llevaba atado a la cabeza. Se le indicó la silla, y, una vez sentado, comenzó:
– Me llamo Martin Garcia, soy maestro de albañilería, hijo de otro Martín García del mismo oficio. Vivo en el Partido de la Parroquia de San Javier,
Le leí los declarados del asunto que le mencionaban, y dijo:
-Lo que yo sé y pasa es que el sábado pasado que se contaron once del corriente, como a la media noche, estando ya acostado en mi casa en la que también tiene su habitación Francisco Clarez… el hijo de Martin Clarez… llegaron una tropa de hombres a caballo con armas. dijeron ser guardas de la Renta de Alicante. Habiéndoles abierto, preguntaron el Clarez, a quien buscaron con todo cuidado por la casa. Por no estar en ella, pretendieron examinar a su mujer, que, por estar muy asustada y embarazada de tiempo, no pudo responder. Luego me prendieron a mí y me llevaron a la torre de la Horadada, donde yá estaban allí presos Antonio y Javier Minguez. El primero es ahora el Arraez de la Encañizada. También ví a Miguel Martin y Francisco Clarez que son mozos en esa pesquera, a Ginés Galindo, el de La Calavera, y a Andrés Alarcón, que ahora está de marinero en los bous, y a otro de la Encañizada.
“Oí decir, sin hacer memoria a quién, que los habían preso por un matute de seda que se había hecho. Y que esa ronda tambien buscó a Joaquin Morales, el que llaman el fraile, que es marinero y vive en la Calavera, y al Minguez, el que vive por ese Partido. A este parace que le quisieron embargaron sus bienes pero no hallaron ninguno.
“Depués, el domingo siguiente como a las diez de la mañana, nos hicieron bajar de la torre a todos los expresados, y a mí. Y con aceleración el cabo de la ronda mandó echar a la mar el falucón que tenian en tierra. Nos pusieron dentro, y ahí me tomaron declaración. Me preguntaron si yo sabía donde andaba Francisco Clarez, y si había visto al Minguez, y si sabía de un fraude que se había hecho. A todo yo respondí no saber nada. Me pideron si yo sabia firmar, y aunque eso es así, no me recogieron la firma, y me enviaron a mi casa, a donde me vine. Allí se quedaron alli los demás. Eso es todo.
El Abogado le hizo señal de acercarse a la mesa. Así lo hizo, cogió la pluma con destreza, y luego dijo que tenía treinta años.
El calor había aumentado en la habitación. Al salir Martín García, Maese Conesa con presteza entrecerró los postigos de las ventanas y bajó las esteras que las cubrían. Trajo otra jarra con más vasos y entornó la puerta trasera, lo que produjo una suave brisa.
-¿El siguiente? -preguntó el Abogado.
-Los Lorca. Según los declarados, son los que llevaron a los siete hasta Murcia.
Haced entrar al padre. Luego que termine salga por el patio, sin que se vea con su hijo…
Bartolomé de Lorca era un hombre de avanzada edad, con la piel curtida por los aires del mar. Caminaba inseguro por su aparente mala vista.
-Dispulpe, amigo, por las molestias que le causamos -dijo Don Fernando levantándose y acercándole la silla- pero debemos conocer todo el asunto del barco de los matuteros.
El hombre, parecío más ocupado en su comodidad, y no pareció entender el comentario.
-¿Quiere un poco de agua… por el calor?
El hombre no respondió. A la solicitud de poder preguntarle, asintió con la cabeza haciendo una escueta señal de cruz. Dijo llamarse Bartolomé de Lorca, que era labrador y que vivía desde muchos años en aquel lugar.
-Comenzemos por el barco. ¿Tiene noticia de las cargas de seda del Charco de la Gleda? ¿Sabe quienes fueron?
Conforme iba escuchando, negaba con la cabeza.
-De tó eso no sé cosa alguna.
-Usted conoce esta marina y estos parajes. ¿Vió alguna embarcación inmediata, el dia doce o en los anteriores, cerca de la Horadada? – el hombre negaba con la cabeza, queriendo hablar, pero el abogado siguió – ¿Se ve la mar desde su casa o por poniente? ¿Oyó el tiro del cañón?
El viejo, haciéndole un gesto con la mano al abogado para que no siguiera con tanta pregunta, respondío acompañándose con diferentes gestos según su relato:
-Desde mi casa no se ve el Mar Mayor por la parte de la torre de la Horadada…. Si se alcanzase a ver, sería mu a lo largo por impedirlo un pinar que hay en el final de las salinas que afronta al Mar Mayor. Pero soy ya malo de vista… A veinte pasos solo conozco bultos… Tampoco he oido tiro alguno porque estaría durmiendo quando lo tirarían, si lo tiraron en ese dia.
-¿Sabe si ha estado por este mar alguna embarcación extraña?
Con el mismo gesto dijo que no había oido ni entendido sobre ello cosa alguna.
Le pase una nota al abogado para que indagase sobre la carreta. Me correspondió con una afirmación, y se dirigió al labrador:
-¿Hay camino de carruajes que pase cerca de vuestra casa? ¿Pasaron por ahí personas con cargas o con otros vecinos de este Partido, juntos o separados en el citado dia doce o el trece, o en el once del mes de Julio? ¿Pasa algún camino para la Torre Vieja o para el Pinatar o las Salinas?
Dijo, haciendo de nuevo el mismo gesto:
-Por mi casa pasa un carril como los que regularmente pasan de las casas de este campo. Este va derechamente a las casas que llaman de Los Cuarteros. Aunque no es camino derecho para la Torre del Pinatar, se puede tomar, aunque hay otro que cruza para las salinas y demas partes. Pero yo no he oío pasar por mi casa ni en su inmediatez cargas algunas en los dias que se me pregunta.
“No hago memoria -llevándose la mano derecha a la sien- que hubiesen pasado otras personas sino los vecinos o frecuentes. No hice tanto cuidado como para poder declarar ahora quienes pasaron en alguno de esos dias. Pero si hago memoria que a más tiempo de veinte dias, que uno de ellos, que no puedo decir si fue jueves o viernes, pero sí que fue uno de esos dos, estando en las casas de mi morada como una hora después de anochecer sentado a la puerta tomando el fresco, -el hombre describía la acción alargando los brazos y las manos- vino por el carril un hombre grande que se dirijió a mi casa y pidió agua pá beber. Habiéndosele dado y él bebido, en el entretanto se salieron del camino otros que se acercaron, y pidieron agua del mismo modo. También se les dió. Y, sin haber hablado conmigo otra cosa que el hacerme saldo, se encaminaron como a unos doze pasos de distanzia de la puerta de la casa hacia el sitio donde estaba la galera propia mía y de mi hijo. -seguía describiendo todo con las manos- Allí cerca se hallaba el Pedro, … mi hijo… -me indicó para que yo lo escribiese bien- cuidando de las mulas que estaban immediatas en sus pesebres. A poco rato oí que ponía la galera, y le pregunté a donde iba, y respondió que a Murcia a llevar aquellos hombres, que entonces pude ver eran siete. Con esto me fuí a dormir, haciendo juicio seria gente que venía de huelga de la Encañizada. Esto es muy frecuente por estos parajes en estos meses. A esos los habrían desembarcado por la confrontazion de el Espartinal, -alzó el brazo en una dirección hacia la puerta- o habrían venido por tierra por la manga. Se pasó la mano por la frente.
Al verle acalorado, le ofrecí un vaso de agua, pero el hombre la rechazó, y siguió:
-Al otro dia por muy de mañana, como lo acostumbro, fuí hasta San Pedro por recado para comer. Cuando volví como a hora y media de salido el sol, en mi casa estaba la galera y el Pedro. Le pregunté cómo había vuelto tan presto, a que respondió que habiendo llegado con la galera y la gente a los altos y cuesta que hay antes de bajar el Puerto de San Pedro, esos le dijeron que si queria volverse con la galera lo hiciese. Y así se volvio desde alli, y por eso había sido tan breve.
-¿Sabe quienes son esos siete hombres?. ¿Traían algunas armas? ¿Qué trajes usaban?
Negando con el dedo índice, respondió:
-No reconocí a ninguno de esos siete hombres, aunque puede verlos casi clara y distintamente -volvió a señalar sus ojos- cuando llegaron a la puerta a beber agua. Me pareció por el ruido también, que traían sus armas de fuego, aunque no puedo decir si las tenían todos… En cuanto a señas, sólo hago memoria que uno era más alto que los demás. Y como no pude mirar con cuidado, no observé si no parecerme que no traían puestas las capas. Lo si que puedo afirmar de positivo -alzó la voz- es que esos no eran de este campo, a lo menos que yo tenga conocimiento. Serían de Murcia o sus cercanias. Así lo contemplé quando oí a mi hijo que los llevaba pá allá.
-¿Cuanto dinero le pagaron a usted o a su hijo los referidos hombres por dhº viaje?
-No sé nada de eso. Aunque la galera es mia, le tengo dado el manejo a mi hijo. El corre con esos viajes y con los ajustes y la distribución en el conrreo de la casa. No le pido cuentas por ser como es hombre ya hecho y de buena disposicion, y yo ya no me mezclo en sus dineros. Me da mi parte y basta. Yo sólo cuido de unas ovejicas, estando apartado de todo lo demás. Por eso no le pregunté al Pedro cuanto le valió el viaje. Sólo por curiosidad que cómo había venido tan presto de Murcia, como llevo dicho.
-¿Ha oído a su hijo si conocía a esos hombres o de donde venían?
-Le oí, pero no hago memoria si fué antes de partirse aquella noche o después de haber venido al otro dia por la mañana, que no los conocía, pero sí en la tarde cuando vinieron, que la noche anterior le había pedido un viaje con la galera el Martin, el que vivie por San Javier, -explicaba de nuevo con las manos- el hijo del Minguez el de la encañizada, para llevar una gente a Murcia. Por eso los llevó. Pero ni yo ni mi hijo los conocíamos. Señaló hacia la puerta- Sin duda el que los conoce es el Martín.
-¿Quien se hallaba presente cuando llegaron los hombres? ¿Qué mozos o familia tiene usted que puedan dar razón de lo que lleva declarado?:
-La mujer y las dos hijas, al llegar los hombres, se metieron dentro de la casa. El otro hijo que tengo, que es ya muchacho, creo que estaba en la hera. Por allí no hay otras personas más ni de fuera de mi casa ni vecinos. No tengo mozo. De tó eso podrá saber el Pedro, que se quedo aviando la galera y luego se marchó con ella- siguió el supuesto camino con la mano. Luego miró al abogado como esperando lo siguiente.
-¿Quienes son los vecinos más cercanos a ese camino por donde observó vinieron los siete hombres o por donde se levantaron del camino?
-El Albaladejo y el Juan son los dos más cercanos, como a unos doscientos pasos de mi casa.
-¿Sabe en donde le pidió Martin Minguez la galera a su hijo, o de donde venian aquellos hombres? ¿O donde habían estado aquel dia, y los otros antecedentes?
-De tó eso no sé cosa alguna.
-¿Su galera ha llevado viajes de piedra a la obra que está haciéndose en las Salinas? ¿Ha ido con ella alguna vez?
-Que yo haiga tenido noticia, la galera hizo dos viajes allí pá llevar piedra pá la obra. Si ha hecho alguno más, lo sabrá mi hijo. Pero yo no puedo hacer memoria qué dias fueron. A llevar esa piedra ha ido el Pedro. Yo no sé otra cosa.
El hombre estaba ya bastante cansado, y a todo lo demás respondió que no sabía otra cosa que lo que lleva expresado.
Terminé de escribir sus últimas palabras. Dijo que no sabía escribir ni firmar, y que tenía setenta y dos años. Se levantó tratando de comprobar mi firma y la del abogado. Le recordé que el interrogatorio podría continuarse en otro momento, a lo que hizo otro gesto con la mano. Quiso salir por donde esperaba su hijo, pero el Diputado le reconvino hacia la otra puerta.
Era yá avanzada la mañana, pero a pesar del hambre que nos comenzaba, llamamos al hijo:

Continuará…

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San Ginés de La Jara
Ayer no fuí pero siempre estoy con San Ginés de La Jara.

Historia de Maese Conesa

Al apagarse los vítores, Maese Conesa, que había acabado de ordenar la cocina, se presentó en medio del grupo, mirando fijamente al abogado.
– Señor. Esto son historias de pescadores. Eso pasa a menudo por aquí. Hasta me traen doradas y anguilas para prepararlas al estilo valenciano, con ajo y crillas. Pero estos que parecen ser buenas gentes … -y nos miró de reojo- suelen cometer delitos y tropelías por aquí, haciendo cosas que desde siempre se han hecho. Eso, todos lo sabemos. Pero callamos por aquello de que es negocio. Y el caso es que ha habido Edictos que se ponían en las puertas de las ermitas mandando órdenanzas que debían mantenerse. ¡¡¡Claro que por aquí pocos vamos a misa!!!
Se permitió llenarse un vaso del vino, sin pedir licencia a Don Fernando.
-El caso es que en las islas, en esas islas que se ha dicho prohibidas para los pescadores y cazadores, allí hemos estado casi todos los que habemos aquí esta noche. Y repasó la estancia con la mirada.
Cómo pudo sospechar algún recelo en nuestras caras, se precipitó a concretar:
– ¡Nó! ¡ No vayan sus Mercedes a sospechar de matutes ni de esas cosas! ¡ No es eso! Es que… el asunto es largo de contar…
Le alargé la silla vacia más cercana para poder atender a lo que parecía importante que iba a contar. Se dejó caer, agradecido, y comenzó:
-Se puede ver por todas partes en la inmedación de esta marina que hay miles de pájaros que nosotros llamamos gaviones. Viven en los cerros y montículos. Allí tienen sus nidos. Hay una leyenda de que estos animales son peligrosos y dañinos para el campo en tiempos de siembra, porque detrás de los labradores que van tirando el grano van ellos comiéndoselo, y así queda poco que florezca. Hay quien ha querido matarlos para evitarlo, pero es imposible por lo muchos que son. Y sin embargo, cuando ha venido la plaga, los de Murcia y los de Cartagena, los que mandan ahí, han dado órdenes para que a los gaviones no se les molestase. Antes bien, se les acercase a los campos mediante tiros y cohetes, para comerse los gusanos de la langosta…
Cayó para ver nuestras caras ante esa afirmación.
-El trigo es la vida para estos campos. Más que el pescado. Y cada siete años, poco más o menos, suele aparecer alguna mancha del gusano. Entonces se acuerdan de nosotros – nos señaló- y mandan muchas gentes con aceite y grasa para quemar los sembrados. Los curas rezan, y todo parece la fín… -Hizo un silencio- Pero las gavionas están ahí y nosotros sabemos desde los tiempos inmemoriales, que ellas saben donde y cómo acabar con eso. Así que cuando pasa, las dejamos tranquilas, que ellas los buscan y se los comen, hasta escarbando en los barros. Aquí es donde nosotros sabemos lo que hay que hacer. -y una cierta mirada pícara se dibujó en su rostro- Donde están los nidos de los gabianos hay huevos que nosotros vamos a quitarles, tanto para comerlos porque tienen un buen sabor a mar, y si nó los vendemos a los trajineros y a los huelguistas del verano como si fueran de gallina. -Mirando a la concurrencia se rió- ¡Y se lo creen!. Los del otro lado, los cartageneros, también lo hacen, llevándolos hasta la plaza del mercado. Como la langosta aparece cuando le place, a veces ha pasado no haber bastantes gabiones, y es cuando nos han pillado con el asunto, pero luego vienen los monjes de San Ginés, echan un poco de agua al aire, rezan no sé que cosas, y cuando han terminado se manda prender fuego a las mieses…. ¡malditos bichos!!
Lo de las plagas de langostas es algo que todos conocíamos, por haberlo visto o por haber asistido a los conjuros. Y por el silencio que había seguido a la historia del mesonero, supimos que no había sido del agrado de los parroquianos. Fué entonces cuando se oyó a Salvadora decir a Juan:
-Me voy al pajar…- saliendo Juan detrás de ella.
Miramos todos al mesonero que había visto roto su relato por la dulce voz de la muchacha. Comenzó a reirse primero, y subiendo la potencia, nos contagió a todos desembocando en un alarde de carcajadas.
Con esa broma, la lluvia que comenzaba a flojear, y el cansancio que todos llevabamos, la sala fue vaciándose, y asi terminó la velada.

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150822-Habrán podido comprobar que por estas tierras hay poca caza. Sólo en los meses de fuera de la veda se pueden ver algunos conejos. Pero, algunos de los que están aquí se acordarán de los problemas que hubo en las islas del Mar Menor, hace unos años, cuando se dijo que aquello era propiedad del Rey, y que sólo su Magestad, el Infante que venía a los Arsenales de Cartagena, y algunos nobles podían matar a los animales que se pusieron allí. Muchos decían que eso no era cierto, pero yo y otros estuvimos preparando aquello. Buscamos los cerdos más voraces de estos campos para que, antes que nada, se comieran las muchas culebras que había por todos lados. No dió resultado porque eran muchas, y algunas hasta mordían a los cochinos que luego se morían…
“La isla del Ciervo, que es más llana y con menos bichos, la llenamos de caza menor, conejos, liebres, y hasta el mismo Alcalde de Cartagena vino con unos soldados, creo yo, y soltó más de cincuenta pares de perdices. Se nos dijo que el Marqués de Los Vélez iba a enviar algún animal grande para que lo matasen los nobles y los generales. Parece ser que alguien le avisó que los ciervos precisan de matorrales grandes, hierbas tiernas y mucha agua, y no la hay por allí. Así que eso tampoco…
Bebió un largo trago de vino.
-Por aquí, entre los labradores, hay muchos que son cazadores de los que ponen lazos, llevan hurones y perros, y cuando el hambre aprieta llevan perdigones pequeños -hizo con un bastón que llevaba como llevarse la escopeta al hombro apuntando hacia Salvadora, quien se refugió en los brazos de Juan-, y también todos entendemos un poco de pesca. Como cerca de las islas suele haber buen pescado, en una buena jornada se suele juntar lo uno con lo otro, y se vuelve con comida para una semana.
“Los del Rincón de San Ginés, – señaló como hacia lejos- al otro lado de la albufera, y los de aquí nos conocemos de siempre. No hay problemas serios. Los domingos, ellos traen a los curas del Monasterio para que digan misa y esas cosas en la ermita de la Cañizada, que luego entre todos les pagamos con atunes o doradas y los devolvemos allá. Pero falta que surja un pequeño roce, una discusión o un mal entendido entre mozos para que se saquen las armas. Así cuando aparece algún barco desgraciado por la mar, solemos disputarnos sus restos. Aunque la ley -nos miró astutamente- no lo consienta. Eso sí, lo primero es ver si hay alguien con vida, y cuidarlo…
“Más de una vez nos hemos liado a tiros en La Manga, por la caza, por la pesca, o por alguna barrica que aparecía en la playa. El Cura de Pacheco, que es un santo hombre -se hizo una señal de cruz- me contó que hace muchos siglos, más de dos a lo menos, hubo una raya en el Mar Menor que dividía lo que era de Cartagena y lo de Murcia. Una vez hasta me enseñó como un mapa en donde estaba marcada esa raya -y con el dedo señalaba algo en la mesa- Pero claro, por aquí, aunque uno quiera, esa raya no se vé, y los de un lado pescamos para allá y los del otro para acá. Cuando se mata mucho pescado no pasa nada, pero cuando falta, hasta nos hemos dado con los remos.
“¡Eso sí! ¡Por estos días, en las fiestas de Pacheco estamos todos juntos, y se hacen cintas y vienen músicos y se baila!. Todos llevamos algo para comer… -Cayó y miró hacia la ventana mojada por la fuerte lluvia- Esto la habrá estropeado este año.
Se cayó. Después de un breve silencio, Don Fernando llenó los vasos y, acercando el más colmado a Blas, levantó el suyo:
-Señores, ¡¡¡Por las fiestas de Pacheco y por las gentes del Pinatar!!!…
Todos lo imitamos repitiendo su oferta.
-¿Alguien tiene otra historia? – se oyó preguntar a Savaldora, zajándose de los apretones de Juan.

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Don Fernando parecía tenso con tanto trajín de personas y papeles. La tarde se había vuelto excesivamente cálida y me invitó cortésmente:
-Don Luis. ¿Qué os parece si damos un paseo hasta la torre vieja, en las salinas?.
Miré al cielo. Se veían unas oscuras nubes y el cielo cambiaba de color.
-Creo que pronto habrá tormenta. Pero convendría inspeccionar la torre antes de la lluvia para que no se pierdan los rastros.
El abogado llamó al ministro Alonso Caballero, que era de su confianza, y con otros dos nos pusimos en marcha. Seguimos el camino cercano a la casa de Bartolomé de Lorca. Al pasar no se veía la carreta, y sólo una de las hijas tendía ropa en el patio.
Las ruinas de la torre, que en su momento debió ser majestuosa, ofrecían un aspecto inquietante. Pese a los informes de inteligentes, había sido construida demasiado cerca del agua y, quizá por el continuo golpe de las olas, se había derruido casi por completo. De lo que fue una impresionante torre sólo quedaba una bóveda bajo el piso que daba a la superficie, con un rompimiento que hacía las veces de puerta. Por el lado izquierdo, según se entrase, había un antemural de mampostería capaz de resguardar de la vista lo que ocurriese por Levante. Dentro, la bóveda tenía forma ovalada por tratarse seguramente del antiguo aljibe, pero persistía un cierto olor a humo y cocina. Como el orificio de entrada era amplio se podía ver con claridad.
Nos separamos y comenzamos a indagar. El ministro Caballero nos alertó de inmediato. En un rincón había dos despojos de lumbre. Observándolos, comprobamos que uno era más reciente que el otro. Cerca, el ministro encontró todo lo sobrante de una abundante comida: Una cinta de pimentón rojo, varios pedazos de corteza de cebolla, un pescado seco entero de los que llaman galúas por el Pinatar, y un buen número de cabezas y raspas de mújol de mayor y menor tamaño. Dentro no encontramos nada más, pero cerca del orificio, Don Fernando halló otro montón de restos similares, con más cintas de pimentón y raspajos de uvas. Todo ello, por su estado, parecía ser de la misma comida.
Al salir de aquella estancia, la brisa del mar era ya fuerte. Los tres callábamos y observábamos todo, sobretodo Don Fernando, con un cuidado celo. En la ribera y en la plaza contigua de la torre se apreciaban estacas y piedras que demostraban ser sitio acomodado para el desembarco de barcos pequeños como lanchas o bangos. Yo encontré casi por casualidad, escondida en un rincón de la pared, una maroma de esparto capaz de aferrar cualquier navío.
Por su parte, Don Fernando seguía las pesquisas mirando por todos lados sin hablar. Yo le notaba preocupado, y al Ministro y a mí nos contagiaba esa inquietud. Subimos a los restos de la torre. Desde lo alto del edificio se podía observar toda la ribera, viéndose cercanas las torres de las Salinas y del Pinatar, de cuyo campo se alcanzaban a ver algunas casas entre los árboles. Del otro lado, hacia levante, las torres de la Horadada y Cabo Roche se apreciaban muy distantes, y por la marina se reconoció bastante anchura de monte bajo, y que los caminos se disimulaban por altas motas de tierra y atochares que bien podían disimular a la vista cualquier gente que caminase a pie.
La vuelta a la casa de hospedaje fue más acelerada. Don Fernando lo hacía con paso rápido mirando el suelo por si se distinguiesen huellas de zapatos o carruajes, pero ya el viento que venía arreciando lo borraba todo. El polvo se nos metía por los ojos y nos tuvimos que cubrir el rostro con pañuelos. Al pasar por la morada de Bartolomé de Lorca se apreciaba el carro en el patio y la cabalgadura en su cobertizo.
-¡Don Luis! – gritó el abogado – ¡Ahí han comido varios! ¡Y por este camino se puede llegar hasta la casa de los Lorca sin ser visto!
Le respondí utilizando el sombrero como protector:
-¡Si el desembarco fue por esta parte, bien pudieron haberse mantenido ocultos en la bóveda de la torre hasta después del atardecer!
Cuando llegamos a la posada las nubes habían cerrado por completo la noche, y al entrar en la estancia las doncellas nos ayudaron a desempolvarnos. Juan esperaba en un rincón y los demás ministros aguardaban nuevas órdenes. Alonso Caballero, nuestro compañero de inspección hizo ademán de salir, pero a Don Fernando, con el calor del resguardo, le volvió de pronto su buen humor habitual.
-¡Señores, después de tanta intriga y de tanto papel, y en vista de que la noche amenaza con lluvia y tormenta, me agradaría os quedaseís a cenar con mi familia, Don Luis y el escribano.
Maese Conesa mostró su sorpresa ante el ofrecimiento por la escasez de viandas de su despensa, pero rápidamente todo el mundo ayudó. Juan se ganó un bufido del Abogado al preguntarle:
-Señor, ¿Os apetecería unas buenas doradas de la Mar Menor?
Algunos de los ministros que no nos habían acompañado en las pesquisas de la torre habían aprovechado la tarde cazando unos conejos, y se consiguió un buen salchichón, una abundante provisión de pimientos y tomates. Como lo que no faltaba a Maese Conesa era vino y agua compuesta, la velada prometió ser bastante completa.
Nunca se sabe cómo, pero al presumirse reunión, aparecen gentes dispuestas a compartirlas. Así fue como no se sabe de donde se presentó Eleuterio Sánchez, conocido como “El Lute”, que trajo unos cuantos melones. “¡Mejores que los de Lorca!”, dijo. También se presentó Jacinto Conesa.
El viento y la tormenta atronaban fuera de las ventanas. La noche se había vuelto aciaga, y con los temblores de los truenos los cristales vibraban con exceso. A pesar de ello, estabamos relajados. El buen hacer de las cocineras, los continuos juegos de Juan con las muchachas y el frescor que aportaba la lluvia habían bajado la temperatura. La sala de audiencia, convertida ahora en amistoso comedor, parecía haber olvidado los tensos interrogados de unas pocas horas antes.
En los postres, un ministro de cierta edad, que conocía bien los pequeños placeres de los que solía gustar don Fernando, sacó de su faltriquera unas cuantas pipas de arcilla y una bolsa con estación de tabaco. Nos ofreció a escoger entre aquellas a Su Señoría y a mí, y dispuestos ya a fumar se dirigió a otro:
-Blas, tu que eres de por aquí y que sabes hablar, Cuéntanos alguna historia.

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Mientras Don Fernando organizaba los preparativos y los preguntados con los ministros del lugar, me acerqué a la Parroquia de San Pedro a prevenir al Diputado Delgado para que estuviese al corriente de nuestras pesquisas pero no le hallé, y Francisca Henarejos, que dijo ser su mujer, me respondió hallarse en Murcia. Con lo cual pasé a las casas de la ronda, sabiendo que el teniente Mestas estaba por allí. Pero tampoco lo encontré. Uno de la ronda me dijo que el escribano estaba visitando las torres y que vendría al anochecer, por lo que tuvimos que hacer tiempo hasta las de oraciones más o menos. Juan mientras, inspeccionó discretamente el entorno y reconoció algunas marcas de caballos y de carruajes.
El oficial apareció al atardecer. Al llegar y vernos, se puso tenso y casi violento:
-¡¡Don Luís!!, otra vez…. ¿ Qué se os ofrece?
– ¡Don Fernando! -le expliqué- El asunto de la Gleda es muy más grave. El Señor Corregidor de Murcia ha recibido ordenes concretas de la Corte sobre ese fraude. ¡Según esas ordenes –dije ya en tono más amenazante- todo debe quedar esclarecido y los culpables apresados en el menor plazo de tiempo posible!. ¡¡¡Por ello debéis comparecer al pronto con todos los de la ronda que os acompañó en aquel lance ante el abogado Herrera!!!.
-¿A estas horas? –dijo con forzado gesto de cansancio– ¡Decid a su Señoría que me presentaré mañana!.
Incómodo por el nuevo ajetreo oficial pero sin impresionarse por mis palabras, el jóven se dio la vuelta y se perdió dentro de la casa. Juan, el ministro y yo, nos volvimos a la casa de hospedaje. Al llegar, las muchachas esperaban a mi criado y marcharon entre risas hacia la marina. Era una hermosa noche.
Don Fernando y su familia se habían retirado, con lo que decidí acabar la velada cerca de la fogata que habían encendido los ministros y sus amigos, escuchando sus historias.

 

Tercera declaración de Mestas
La mañana siguente amaneció más fresca que de usual por la brisa de levante que llegaba del mar. Don Fernando, sin consultar a Maese Conesa, había ocupado de nuevo la sala que la vez anterior se había convertido en Audiencia Oficial. El hostelero, con su mejor voluntad, ayudó aprestando la misma mesa pero con mejores asientos que los de la primera vez, los que había conseguido de no se sabe donde.
A eso de las ocho de la mañana, Juan volvía con Salvadora por el camino de la marina.
Todos trabajabamos en el improvisado Tribunal. El Diputado ya se había marchado en busca de Martín García y de los otros. Don Fernando repasaba los pliegos de las primeras diligencias. El agua compuesta, algunos vasos y la obligada fuente de bizcochos estaban preparados en la pequeña mesa. Cuando se presentaron con paso tranquilo y relajado Mestas y el escribano Costas el sol ya estaba alto. Solo le acompañaba su ecribano:
-¿No es buena hora?, reprochó el Abogado, ¡Se os esperaba desde el amanecer!. ¿Y el resto de la ronda que debía comparecer?
-La ronda requiere diversas ocupaciones, Señor. Tenía la obligación de comprobar los papeles y los libros de mi escribano sobre el asunto, los aperos de las cabalgaduras…. Ya sabéis… -respondió con una cierta provocación, mirando a su escribano con ironía- y mis hombres están dispersos en otros encargos y tardarán en volver.
-Don Fernando ¡¡¡Es preciso saber!!!, -casi le gritó el Abogado- ¡¡¡Me urge y es de cierta importancia saber si Don Luis de Valdelomar, el cabo de la ronda de Alicante, se encuentra por estos lugares para que pueda proceder a su interrogado!!!.
-Verá su Señoría -contestó sin alterarse el joven oficial- Lo que puedo decir con respecto a Valdelomar…, al ministro Valdelomar…, es que hace ya varios días que se le destinó a ocuparse de algunos asuntos cerca de la torre de San Juan de las Águilas, en la marina de Poniente, y que, por lo que sé, debe permanecer por allí tres o cuatro días más.
-¿Habéis recabado nueva información sobre el fraude? -le preguntó el Abogado, haciéndome señal de levantar escrito de lo que fuese a decir el joven.
Sin alterarse, preguntó:
-¿Puedo acomodarme? – señalando una silla.
El abogado asintió ocupando también su lugar. El escribano Albacete se sentó de forma que pudiese ver el rostro del oficial, y yo lo hice en mi escritorio. El joven traía consigo unos pliegos que estuvo repasando antes de hablar. Lo hizo con especial lentitud. Una vez que al parecer los puso en orden, comenzó a hablar o a leer, según el caso.
-Pues verá Vuestra Merced. Salí de Cartagena el día seis del que corre por la tarde con orden del Comandante Rubio de recorrer toda la costa de Levante llegando hasta Guardamar el día ocho. Allí estaba la ronda de Alicante a cuyo Cabo pregunté novedades, que no las tenía. Al decir yo que había de volver hacia el Pinatar, la ronda de Alicante se apartó con precipitación, llevando sus soldados. Vi que también tomaban dirección de Poniente.
Hizo un silencio. Rebuscó entre sus notas y miró el jarro de agua que se encontraba en la misma pequeña mesa.
-¡Servíos y continuad! -Señaló, obligado, el abogado.
-Al verlos marchar con tanta premura, recelé que viniesen a hacer alguna prisión sobre esta causa y que no querían decirnos nada ni a mí ni a mi ronda. Nosotros seguimos hasta Benetucer para interrogar al estanquero, al cual no encontré, y nos volvimos hacia el Pinatar esa misma noche. Al otro día, por la mañana, encontré la ronda alicantina en la Torre de la Horadada, a donde también había llegado en el falucón el Comandante del Resguardo de Valencia, Don Álvaro de la Torre. Habían hecho presos al arraez y a varios de la Encañizada, seis en total. De sus nombres sólo recuerdo a Antonio Mínguez y un hermano de este, hermanos del arrendador de la encañizada Joseph Mínguez, y a otro que llamaban Clares. Todo ello me fue contado por el cabo de esa Ronda de Alicante, que no por su Cabo.
Ante la gravedad de aquel declarado, Don Fernando me miraba al borde de la furia. El joven no parecía incomodarse. El escribano Albacete le miraba fijamente. El oficial volvió a beber y, dejando con tranquilidad el vaso, continuó:
-Pasé a verlos al falucón. Se encontraban asustados y con angustia. El cabo me explicó que se había justificado que el fraude se había hecho con gente de la encañizada y que el día trece de Julio por la madrugada, desde el dicho barco se había puesto en tierra por la parte de la Torre Vieja del Pinatar, a ocho hombres de armas que habían entrado de la mar para resguardarse en ella.
Escogiendo un pequeño papel, indicó señalándolo:
-Mandé aviso al Comandante Rubio de las prisiones hechas, y a la vuelta del correo recibí orden de mantenerme aquí para asistir a las rondas de Alicante. Mientras tanto se había dado orden de prender a José Mínguez, a otro que le llaman “el fraile” y su apellido es Morales, hijo de Diego Morales, quien había huido al prender a los otros echándose a la mar a nado. Al Joseph Mínguez no se le ha podido prender porque se ha refugiado en la ermita, pero si se ha procedido a embargar sus bienes. La Ronda de Alicante seguía practicando todos los días viajes por estos lugares de día y de noche, sin decirme su Teniente nada de esa actividad según su costumbre. Solo una vez me pidieron dos ministros de mi ronda que tuviesen conocimiento de estos parajes sin expresarme con qué misión. Después supe por esos ministros que habían ido a la casa de Francisco Clares, uno de los del barco de la Encañizada, para prenderle y no habiéndole hallado, cogieron a Martín García que habita en la misma casa y se lo llevaron al falucón. A este al poco se le dio libertad.
Al día siguiente, la ronda alicantina estaba prosiguiendo con sus tareas cuando llegó un guardia de a pié con un pliego dándoles orden de replegarse a la torre, recoger todo y marchar en el falucón, lo cual hicieron con presura sin despedida ni encargo particular alguno. El torrero Antonio Pérez puede atestiguar de todo ello.
Recogió sus pliegos y los juntó en un legajo que cerró. Al ir a recogerlos el escribano Costas, el Teniente se le adelantó, se levantó y los colocó sobre la mesa del Abogado, ofreciéndole todo el informe. El silencio que había seguido a las últimas palabras sólo se rompió por el agua que el Teniente se servía de nuevo.
-¿Habéis mencionado ocho hombres que fueron puestos en tierra en la Torre Vieja del Pinatar? ¿Se ha descubierto quienes son? – Preguntó Don Fernando.
-A los de Alicante sólo les entendí que tenían todo justificado a excepción de quienes fuesen los dueños de la seda, pero no nombraron ni los tales ocho hombres que desembarcaron ni los conductores de las cargas. Si les oí que tenían dos personas en Alicante que habían intervenido en el fraude como marineros inteligentes en esta marina, y que habían recibido declarado de otro que había intervenido del mismo modo en el fraude, y que después le habían dado libertad.
El escribano Costas, que seguía con suma atención las palabras del Teniente, aclaró:
-Con la venia, se trata del torrero Bernardo Alarcón. Así me lo indicó uno de los de aquella ronda.
-Teniente Mestas -dijo el Abogado- ¿Tenéis algo más que declarar?
El joven negó con la cabeza.
-Bien. Se os va a dar copia de vuestra declaración como también se va a solicitar al Comandante Rubio que reclame la presencia ante esta sala del Cabo Valdelomar. Todo ello lo llevareis de inmediato a Cartagena… por el camino Real –subrayó, señalando la puerta…
El escribano Costas, en su turno de declarados, no aportó nada nuevo. Cuando se le ofreció los legajos de papeles e informes, se limitó a confirmar, ordenando los pliegos y las notas, todo lo informado por el oficial. Su ademán y su hablar mostraban claramente lo incomodo que le resultaba todo aquel desorden en sus papeles. Cotejando meticulosamente toda la información con una copia que traía preparada, me la entregó con su recibo, ofreciéndose a firmar las cédulas pertinentes.
-¿Qué debo hacer, señor abogado?
La pregunta pareció sorprender a Don Fernando quien miró fijamente al oscuro personaje que parecía solicitar algo más que una orden.
-Acompañaréis al Teniente a Cartagena, tomando cuidado que informe correctamente al Comandante Rubio.
El escribano hizo un gesto de cortesía, guardó los pliegos en su cartera, y salió de la estancia.

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