Carmen Conde: La rambla. Cuentos de las minas.

Carmen Conde: La Rambla. (Leyendas y cuentos de la sierra minera).
Murcia, 2006. con motivo del centenario de Carmen Conde.
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LA MINA es mala, como son malas las fieras cuando les van a quitar sus crías. Los hombres escarban en la mina, la vulneran, la hieren con sus herramientas, con su pólvora, y ella resiste más de lo que devuelve, hay que reconocerlo. Cuando esconde un filón con el que está encariñada, los mineros cavan hasta que se lo quitan, triunfando de su celo apretado. A veces se aman, mina y mineros, en un lúgubre amor que en la superficie parece odio y venganza de ella contra ellos. Explota un gas que estaba retenido entre las piedras, que era su aliento verdadero; o se derrumba una galería; o hay un corrimiento de tierras, un estremecimiento de los estratos codiciados… Apenas un minuto, y ya hay muertos, heridos, enloquecidos hombres entre los brazos de la mina. Tanto como supo ella aguantar, y ahora ellos no sirven para soportar su furia.
¿Y los barrenos, qué? Los barrenos se hincan en una hendidura que rajarán violentamente. El minero de los barrenos se lleva la larguísima mecha, la deposita con cuidado en un lugar estratégico, prende fuego a su punta y se aleja. La mayoría de las veces tiene tiempo de ponerse a salvo, y cuando se produce la explosión y una tormenta de piedras atruena la galería, el hombre suspira porque está indemne. Pero otras no ocurre así: Ilay un cascote veloz que la mano descarnada de la mina lanza, o una laja de piedra mineral; o una grieta del terreno…; algo, en fin, que alcanza al del barreno y lo mutila, lo cercena para que pague su tributo de sangre. Después, el silencio rencoroso; los otros hombres recogen su muerto, escupen al suelo negro y maldicen la mina. Invisible, desesperada, ella está quieta en su enorme cubil; ¿por qué no la dejan en paz con sus yacimientos de plata, de plomo, de todo lo que no sirve a los hombres más que de miseria? Un fugaz destello, y el estampido. Silencio. ¿Dónde están los mineros?
En la taberna se procura desentumecerse el ánimo. Los hombres cansados buscan el vaso de vino, el carajillo también, para cobrar euforia. Ríen, alternan, juegan a las cartas o al dominó…
Paco, no.
Paco va también a la taberna, se sienta delante de una copa de coñac y permanece callado, serio, enajenado…
Desde las otras mesas le miran con sorna. ¡Vaya con el tío aguafiestas que es el tal! Algunos, sin animo de buscarle bronca, le dicen:
-¡Qué callacuezo eres, Paco!
Él encoge los hombros y fuma.
-¡Se te va a arretestínar la lengua!
Él no contesta. Pasa junto a él una chiquilla jacarandosa, parecida a la del puerto de Mazarrón, aquella de Piter… Y Paco no mira siquiera.
-¡Mira tú, que para no sonreírle a ese guisque!
Paco esta vez sí que se revuelve. Escupe las palabras:
-Oye: guisque no; pelagarza sí.
Se revuelven un poco los otros:
-Hombre, hombre: ¡no tengas mala uva!
Y Paco:
-¡No es mala uva, es que estoy cargao de repalandoria!
-¡So, que te encanas!
Ya alborotado, Paco:
-¡Oye tú, manifacero!
Surge un hombre bueno y apaciguante:
-A callar, amigos. Que va a hablar la guitarra.
Y dirigiéndose a uno que afina el instrumento para el cante:
-¡Anda, Colleras, cántanos algo de lo tuyo bueno!
El aludido se arranca con brío:
¡Abre, que soy el moreno!
Son las dos de la mañana.
¡Abre, que soy el moreno!
¡Échame por la ventana,
una copa de anís bueno,
que lo paga mi serrana!
Se ríen los que escuchan. Y Paco, chulo, escupe:
-Chulerías no.
-¡Bueno, bueno. Venga una copla de las de «el Rojo el Alpargatero»!
-Ya no queda nadie que sepa cantarlas.
Paco se ha erguido.
-¿Que no, dices…?
-¿Vas a cantarla tú?
Sonríen con lástima. Pero Paco se ha sentado junto al de la guitarra. Y le ordena que empiece a tocarla.
-Voy a cantarla yo -dice.
Un rugido de guasa.
-¡A callar todos, que canta Paco el de San Antón!
Se oyen los primeros compases. La voz se remueve en lo hondo del pecho, araña la garganta, la abrasa…
 
Subir y bajar la cuesta,
trasnochar y madrugar,
subir y bajar la cuesta
y ganar poco jornal…
¡Eso a mí no me trae cuenta,
y a la mina no voy más!
Le estaban mirando todos. Todos. Paco cantaba con los ojos apretados, con la cara lívida, con las manos arañándose las rodilleras del sucio pantalón azul mahón…
Mas allá de ellos, por encima de todos, arremolinadas nubes navegantes de tempestades lejanas, pesaba el cielo bronco de La Unión.
Cuando acabó su copla, Paco se fue derecho a la calle…
Otro minero, viéndole irse, quiso continuar el cante por su cuenta:
 
En Cartagena nací.
En ella me bautizaron.
Muchas veces fui feliz,
otras mi ojos lloraron.

Cármen Conde

Carmen Conde: Su voz le doy a la noche. Madrid, 1962
TENGO las manos llenas de horas negras,
de fúlgidos cuchillos empavonados.
Por mis costados fluyen
las venas que cortaron, pues a cortar vinieron,
estas hojas finas e insensibles,
los enormes cuchillos del llanto.
Tenían que acudir desde lo eterno
-porque forjándolos están eternamente-
con su misión desgarradora e implacable.
¿Cómo, ni quién podría, huir de estos cuchillos?
¡Oh, no los odio, no; ni los huyo, ni intentaría
desviarme de su tajo!
Sería no querer tanto ni tan hondo:
no saber amar como amo, huirles a su filo.
Cortad, cortad. Tengo la pena
revistiéndome íntegra. Tengo la carne
propicia al buen baño rojo y tibio
de la sangre dócil.
Sí. Soy la vuestra. La suya.
Soy la que puede doler porque ama.
Venid, quedáos entre las horas de ébano.
Removeos en mi corazón. Os acato, cuchillos.