San Antón y las cintas

170126Resulta preocupante que ciertas manifestaciones “populares” del calendario festivo, muy arraigadas en los pueblos, estén desapareciendo, potenciándose otras más vinculadas a advocaciones o a “importaciones” de la tradición andaluza.
Tal es el caso de las carreras de cintas a caballo, que de formar parte fundamental en muchas programaciones festeras, han pasado a ser ignoradas por completo.
Este rito festivo, de alarde o de galanteo según unos u otros, se hacía en numerosas pedanías de la región, convocando a ciento o miles de personas, desde el siglo XVII.
En el populoso barrio de San Antón de Cartagena, hasta hace unos pocos años, los festejos rituales en torno al patrón incluían forzosamente estas carreras de cintas, que eran presenciadas con entusiasmo. Hoy han desaparecido, ofreciendo un simulacro de romería con el santo, cuyos participantes van vestidos con prendas “tradicionales” de la geografía andaluza. Faralaes, sombreros cordobeses, caballos y carros enjaezados al estilo de la romería del Rocío, etc.
Para pensárselo…
(Algunas) Reglas de la competición:
Las cintas se colocarán en dos filas, pudiendo los carreristas dirigirse a las de una u otra fila.
Tan pronto como un carrerista hubiere cogido una cinta suspenderá la carrera y se dirigirá al jurado, que autorizará, de estar bien cogida, la correspondiente presentación a la presidencia.
Las cintas deberán ser cogidas con los punteros facilitados por la presidencia y siempre introduciendo esta por la anilla pendiente dela cinta. De otra forma de ninguna manera será entregada al carrerista.
No se consentirá tomar parte en las carreras de cintas a ningún hombre casado.
Recogido en: Manuel Muñoz Zielinski. Calendario festivo. Murcia, 2004.

Carreras de cintas en el siglo XVII

Para Caridad, Alba, Candela y José, pachequeros y buenos amigos, con quienes hemos presenciado muchas carreras de cintas.

Ginés Campillo de Bayle: Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena. 1691.

(Para ver fotos de carreras de cintas pinchar en la pestaña negra “etnography”)

… Ya pues los diez amantes, puestos en los sombreros los rótulos de su color para determinarse cada uno a la empresa que le pertenecía y lograr las expuestas colonias, triunfos de su carreras y humildes ofrendas de las damas, les tocó el músico a la batalla, y los citó el canto de este estribillo:
– A correr, a correr zagales!
los que de la espuela de amor os picais,
y alcanzad, si a los ojos se pintan
listones, prebendas del ciego rapaz.
Aquí, sin más aguardar, todos los jinetes briosos montaron a caballo, no sólo los diez preferidos por las damas para correr sus cintas, sino también los otros diez excluidos de esta ventura sin causarles enojosa desgracia, que están tan bien admitidos los desaires de las doncellas que la estimación los pasa por finezas.
La gente, con ruidoso murmureo, se esparció por todo el campo, buscando cada uno lugar para ver la fiesta: quien por las cercas del jardín se levantaba y quien por los altos troncos se subía.
Comenzaron los veinte jinetes por las llanuras del campo a incitar los brutos con retorcidas escaramuzas, dando tornos y revueltas de buen arte militar con que dieron a todos singular contento. Después de haberse promovido, pasaron todos en determinado puesto para las carreras, y allí se dividieron los diez jinetes inaptos o no escogidos por las zagalas de los numerados para las aventuras, que ello tiene el que no igual en fortuna ser excluido, aun de aquellos que pudieron ser desechados.
Empezaron a correr los diez preferidos, singular cada uno según se daban la mano, y los caballos, si se atinaban cuadrúpedos al arrancar del puesto, luego a pocos pasos se delineaban en volantes aves, y cuando continuaban la carrera más allá de la raya ya no se percibían, de forma que si del principio del correr al medio se convirtieron de caballos en águilas, de la mitad en adelante se aniquilaron en viento.
Corría uno, y otro le seguía, y todos procuraban con la mano asir la cinta que le tocaba, pero como los listones eran movidos por el aire, al pasar el jinete les hallaba hechos aves del viento, ocultándose la determinada cinta de su empresa. Así corrían muchos frustrando la carrera, haciéndoseles difícil la aventura al lograrla, cuando antes, al emprenderla la juzgaron nada dificultosa, que los empeños a no lejos se perciben factibles, cuando al cercano examen les halla intratables.
Cuando corría alguno que el tumulto de la gente conocía a qué color se encaminaba, como si (pongo por caso), se dirigía al blanco, con estrépita vocería decían todos:
-¡Blanco!, ¡blanco!. ¡Verde!, ¡verde!.
A cuyas confusas voces, conturbados los jinetes, era forzoso no acertar el lance cuando el aire no les arrebatase las colonias; con que daban singular contento a los que miraban.
Pero ellos, yá, como impacientes en la resistencia de tan pretendidas suertes, o ya avergonzados de imaginarse poco hábiles en los juicios de tantos, se animaron resueltos, y se dispusieron, calientes, a llevarse cada uno la cinta que cada uno anhelaba, que un empeño público hace resolución desesperada de la que antes fue menos esforzada tibieza.
Así pues, uno dio espuelas al caballo y, veloz corriendo, asió firme con dirigida mano de la cinta negra que le pertenecía y, desprendida del cordel, la sacó por triunfo de su victoria. Y entonces llenó de contento a los que miraban, y todos de vitores el aire. Volvió el mancebo las riendas del caballo, y llegando al tribunal de las damas, se apeó del bruto, y subiendo a donde estaba la zagala que en el pecho por joya tenía el color negro, arrodillado la ofreció la prenda que adquiríó de la fortuna como rendido triunfo de su victoria. Ella la recibió con particular estimación, y haciendo un lazo, la prendió en su pecho, como colgada en el Templo de la Fama. El labrador quedó mas ufano a vista del aprecio de la cinta que en la gloria del desempeño de la carrera, que el que vence para otro no tiene gozo en la victoria si no cuando fue bien aceptada por ofrenda…..