“1969”. Novela de Jerónimo Tristante
Novela ambientada en Murcia y La Tercia. Muy recomendable para la playa.
Los postillones mayores conocen bien los campos de La Tercia, Gea y Truyol y Los Martínez del Puerto por haberlos recorrido en busca de las “tradicionales carreras de cintas”, festejos centenarios que se han perdido por el capricho de los alcaldes pedáneos de los últimos tiempos.
Una de nuestras visitas a La Tercia es inolvidable. Con motivo de las fiestas patronales, nos habían invitado a ver una sencilla muestra de fotos antiguas del lugar que los lugareños habían prestado y que alguien había preparado. Era un tórrido atardecer de agosto, y cuando llegamos a la plazeta del lugar estaba todo a oscuras y vacio. El bar desierto, y el aire se rompía por el sonido de una bocina de las que se suelen utilizar en las manifestaciones. Nos acercamos por las sendas que hay entre las pequeñas huertas, y descubrimos que todo el pueblo estaba participando en una procesión cuyas únicas luces eran los farolillos del trono donde iba la imagen de una Virgen, y de unas decenas de velas que portaban los acompañantes. El sonido lo producía la voz del Cura con sus cánticos…
Ambiente de una carrera de cintas en Los Martínez del Puerto (o de Doña Lucia) cerca de La Tercia.
Foto de Muñoz Zielinski de la seria “Fiestas y tradiciones de Murcia”
Apostilla: En el bar mencionado se come estupendamente, sobre todo los embutidos y el conejo al ajillo. Hacen buenos flanes caseros. No es dificil la conversación puesto que los “tercianos” son gente muy acogedora.
A Alsina le pareció un lugar solitario y, en cierta medida, triste. Había mucha luz y el viento parecía hacer de las suyas, volviendo locos a los cuerdos y provocando desagradables dolores de cabeza. Aparcaron el coche en la calle principal, frente a un bar con un letrero redondo de Pepsi. A1 bajar del vehículo se dieron de bruces con una procesión que paseaba una imagen sagrada, encabezada por el cura, un hombre joven que cantaba algo referente a san Antonio Abad, coreado y seguido por un centenar de feligreses con palmatorias.
-¿Estarán en fiestas? -se preguntó el policía.
-Más bien parece una rogativa -concretó Rosa, mucho más versada en aquellas lides.
Entraron en el bar atravesando una cortinilla de cuentas de plástico. Allí hallaron sólo a cuatro parroquianos que jugaban al dominó. Saludaron y tomaron asiento en una mesa. Aquel establecimiento parecía el único del pueblo y era conocido como el Teleclub, pues hacía a la vez las funciones de centro social y consultorio médico. El coche de línea que comunicaba el pueblo con la capital o bien con la costa paraba en la misma puerta, en una pequeña plaza.
Al momento salió un tipo menudo de detrás de la barra.
-¿Quieren comer? -preguntó.
Asintieron, así que el otro trajo un mantel de papel y lo colocó sobre la mesa.
-Tenemos migas o arroz con conejo. -¿Y de tapa? -preguntó Alsina.
-Almendras, hueva, mojama, calamares plancha, mejillones y magra con tomate.
-Ponga usted una ensalada -ordenó el policía buscando la mirada de su acompañante, que con un gesto de asentimiento aprobó su elección-, una de calamares y un par de platos de arroz.
-Marchando. ;Y de beber?
-Yo, una Coca-Cola, ¿y tú, Rosa? ;Te apetece vino y Casera?
-Vale.
Alsina detectó una mirada de respeto en el camarero al advertir la ca, isa azul de la joven.
Cuando quedaron a solas, Rosa dijo:
-No parece un sitio muy animado.
-Es un lugar muy pequeño. Apenas una calle principal y cuatro casas.
-No me imagino fiestas de postín por aquí, la verdad. Ya sabes, con prostitutas de lujo.
-Debe de haber fincas en los alrededores.
El camarero llegó con la ensalada, el pan y las bebidas.
-Enseguida marcha el resto -anunció.
-¿Están de fiestas? -se atrevió a preguntar Rosa Gil.
El hombre la miró y repuso:
-¿Lo dice por la procesión?
-En efecto.
El otro se rio y contestó:
-No, no, las fiestas son en agosto; están haciendo una rogativa.
-¿Para que llueva, quizá? -aventuró Alsina-. Esta zona es realmente seca.
-No es eso, no.
-Se hacen rogativas a san Antonio Abad para que reaparezcan los animales perdidos -apuntó Rosa Gil al instante.
-Sí, sí -asintió el hombre sin aclarar mucho el asunto. Parecía nervioso.
En ese momento, el tintineo de la cortinilla de cuentas les hizo volver la cabeza.
-Miren, ahí tienen al pedáneo -informó el camarero.
El hombre se quitó de en medio al ver llegar al alcalde, un tipo delgado, de aspecto miserable, con corbata negra…

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