Una carreta de bueyes

11 de noviembre de 1738
41111Un buen hombre compró una carreta de bueyes. Para la historia general esto carece de importancia, pero en algún lugar hubo una esperanza de una prosperidad laboral, y quizás un pequeño festejo en su casa.
Los primeros estudios españoles sobre tradiciones, en las últimas décadas del siglo XIX, dieron especial importancia a los aperos de labranza. La reconocida sociedad cultural vasca Aranzadi dedicó muchos estudios al tema.
En Murcia, sin embargo, la contínua presión fiscal sobre los campesinos y las duras condiciones de vida, desembocó en una tremenda emigración a África, América del Sur y a Cataluña. Se habla mucho de los daños causados por la riada de Santa Teresa en Murcia y en Almería, en 1879. Pero según la prensa de la época, el dinero recaudado fue a parar a manos de los hacendados. Los campos y huertas se vaciaron, y la oligarquía murciana reinventó unas formas de vida agrícolas muy adulteradas por la visión costumbrista del momento, centrándose casi exclusivamente en los cantos y bailes “tradicionales”, y en una forma muy “vulgarizada” del castellano hablado.
Juan Yuste Alarcon, vezino desta Ziudad, se obliga a dar y pagar llanamente y sin pleito alguno a Juan Matheo, vezino de la ciudad de Lorca, un mil ziento y zinquenta Reales Vellon que confiesa dever prozedidos del balor de tres bueies y una carreta que por hazerle merzed y buena obra le ha bendido al fiado, los quales pagara en esta forma: quinienos setenta y zinco Reales Bellon para el dia de San Juan de Junio del año que biene de 1739, la restante cantidad a la Navidad del mismo año
No firmo el otorgante que dijo no saber y a su ruego lo hizo un testigo.

Tintoreros

17 de junio de 1769
Muestras de bordados conservadas en el Archivo General de Simancas
Los escritores románticos y algunos pintores y fotógrafos del siglo XIX, al hablar de los españoles, los describen como lúgubres y apagados. Ahora bien, numerosos documentos tales como inventarios de dote o particiones testamentales mencionan tanto a la ropa doméstica (cortinas, cobertores, fundas de almohadas, etc.), como la de vestir era de vivos colores. Los más habituales eran el encarnado, el “trigueño” y el azulón. Para ello, los tintoreros hacían su trabajo de forma muy meticulosa, y sus talleres debían ser tan alégres como los que se pueden ver en algunos paises africanos o asiáticos. El principal problema a que se enfrentaban los tintoreros era que bajo ningún concepto los resíduos de su actividad pudiese caer en el vaso de las acequias contaminando las aguas que servían para el riego y para el consumo.
Viose memorial de Alonso Garcia, maestro de tintorero en esta Ciudad, exponiendo que para el consumo del agua que nezesita para el conrreo de sus tintes nezesita surtirse de la Azequia de Carabija sacandola con calderos a mano y baziandola en una tinaja que tiene para este fin, pero como no puede menos de derramarse alguna al tiempo de que la conduzen los ofiziales, se quejan los vezinos expezialmente en el Ymbierno; y para obiar estos incombenientes havia determinado hazer una canal de madera o ladrillo en la superficie de la tierra y cubierta con ella desde sus casas a dhª Azequia de Carabija, que esta distante unos veinte pasos a corta diferencia, y en el final o remate de la nominada canal que lo ha de tener en el quijero de la espresada Azequia a la parte superior o alta en donde no alcanza la corriente de las aguas y por enzima de otra que sirbe para derramar las inutiles de los tintes, hazerle un grifo con su poza o recividero por tasal (s) en la que se aboquen las aguas que nezesitase sacar de la referida Acequia dirigiendolas por dicha canal a la nominada tinaja y conseguir por este medio a menos costa el conrreo de sus tintes,  y no causar perjuicio a la vezindad, y concluie suplicando a esta Ciudad se sirva conzederle lizencia para la construccion de dhª canal.