Cultura (de lo) popular.- II

La cultura (de lo) popular – II

Uno de los recursos más utilizados en los últimos tiempos para justificar una acción “cultural” ha sido proceder al mecanismo de la deformación mediante la exageración de su demanda, creando calificaciones falsas en cuanto a la identidad del evento que potencian sólo una parte del origen de esa demanda, las características de la acción a realizar y los motivos, populares, tradicionales o similares para ello.

En esta línea, en numerosas pedanías ciertos eventos, sobre todo de carácter religioso, se han convertido en “culturales” por el buscado entronque con unas señas de identidad (las presuntas tradiciones) mal interpretadas o justificadas por una demanda exagerada por parte del “pueblo”

Los avatares de los tiempos han hecho que los actuales pobladores de la Región de Murcia carezcan de señas de identidad arraigadas a través de los siglos, como puede suceder en otras partes. Migraciones de salida y de entrada de gentes, por motivos económicos o políticos, son algunas de las razones que han generado esta realidad. Los primeros “folkloristas” de finales del siglo XIX ya acusaban la perdida de numerosas manifestaciones consideradas como de raíz por la continua marcha de campesinos y obreros a América y el consiguiente abandono del mundo rural.

Absurdas luchas entre las ciudades de Murcia y Albacete por la obtención de la capitalidad de la reciente creada región, propiciaron una presunta recuperación de los bailes y cantos antiguos mediante concursos casi zarzuelescos. Esto, junto con el movimiento de regeneración surgido con motivo de los desastres militares y políticos de Cuba y Filipinas no hizo más que recrear formas de vida presuntamente “tradicional”, al que se unió el clero con un fuerte apartato propagandístico.

Por entonces el porcentaje de analfabestismo era extremo, llegando al 90 % en algunos lugares donde ni siquiera los miembros más representativos apenas sabían leer y escribir. Sólo lo hacían unos pocos entre los que se contaban los maestros locales, los párrocos y algún apoderado de los terratenientes.

al dorso de esta foto de la colección de un vecino del Barrio del Cármen, se leía "consumero. 1920"
al dorso de esta foto de la colección de un vecino del Barrio del Cármen, se leía “consumero. 1920”

El sistema de producción agraria mantenía las viejas formas de arrendamiento y aparcería de siglos anteriores, y la división entre el mundo rural y urbano se había acentuado por la imposición de fielatos de consumo. Se trataba de pasos obligados en las entradas de las poblaciones para todo aquel que llevaba algo para vender, por lo que estaba obligado a pagar una especie de “portazgo”. Estos pasos estaban controlados por los llamados “consumeros”, que ejercían su misión a veces con escandalosos excesos y abusos.

Sin embargo, era necesario ensalzar esa vida campesina, quizá por añoranza de los orígenes de muchos comerciantes, terratenientes y profesionales de la Ciudad. Estos, o sus antepasados habían vivido en un ambiente con rituales festivos centrados en el encuentro y la diversión, al amparo de advocaciones y patronazgos religiosos surgidos en los últimos dos siglos. Surgieron las fiestas patronales oficiales en pedanías y caseríos recordando los antíguos encuentros festivos en torno a las viejas ermitas. Durante esos días, el que no estaba apremiado por las tandas de riego o las obligaciones de siembra o cosecha, se divertía. A los actos religiosos acudían unos pocos, aunque algunas sonoras crónicas relatasen otra cosa, siendo el centro de atracción los recintos de baile, los juegos y las primeras atracciones. Los propietarios con sus familias e invitados solían presenciarlos, quienes después calificaban aquello de gran “fiesta popular”.

Las caserías se convirtieron en diputaciones, hoy pedanías. El paso del tiempo apenas ha variado las formas de vida en algunas de ellas. Todo depende de la ciudad, salvo en la sanidad y en la enseñanza si acaso. El ocio ha evolucionado, pero las actividades oficiales durante las fiestas se han reducido en muchas a los ritos religiosos, justificándolos por la fuerte demanda de muchos de los pobladores del lugar, por la “gran tradición” del culto al santo o vírgen local, y por la gran afluencia de asistentes que llegan de otros lugares.

Muchos de esos lugares tienen censados entre 10.000 y 40.000 habitantes, y toda la gestión y la actividad social y cultural de esas pedanías es gestionada por un grupo de personas lideradas por un Alcalde Pedáneo, que es nombrado (no elegido) por el Alcalde elegido en la Ciudad. Así, según el unico criterio de estas personas, que en algunos casos están en el límite del absolutismo, se han fomentado ciertas actividades “oficiales” en detrimento de tradiciones, festejos y juegos que formaban parte de la raíz de esta tierra, todo ello siguiendo el criterio planteado más arriba.

Hoy mismo tienen lugar varias procesiones que carecen de tradición ni razón justificada.

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