20160901
El Mar Menor pasó de ser un espacio dedicado a la pesca, y sus riberas a la ganadería y al cultivo del lentisco, del granado y del algodón, a convertirse en destino para muchos habitantes de las comarcas cercanas para, una vez allí, aliviarse durante unas semanas, de los calores estivales.
Primero fueron algunas familias acomodadas, y después con los modernos criterios inmobiliarios y banqueros, toda la sociedad. Aquellas temporadas de relajación y disfrute pasaron de ser patrimonio de unos a pertenecer a casi todos.
También había quien acudía, desde las huertas, por acogerse a rituales festivos vinculados con la fertilidad o la higiene, pero estos eran unos pocos.
Por otro lado, el paso de los tiempos ha cambiado la mentalidad de los campesinos que trabajaban las tierras aledañas. Antes, cualquier labrador conocía los usos y costumbres que eran precisas para que la tierra fecundara, no solo en una cosecha, si no en las que estaban por venir. Sabían cómo había que estercolar, regar y sazonar los bancales para que produjeran la mejor cosecha del año, pero con la sabiduría de preservar las tierras mediante barbechos y temporalidades que las regeneraban y preparaban para el futuro.
Ahora todo es empresa, objetivo turístico, cultivo intensivo, explotación desmesurada, sin valorar tradiciones ni experiencias agrícolas seculares. Todo el entorno del Mar Menor es vendible para construir, para disfrutar de unos pocos días del año, para comer platos inventados, incluso… (el producto más genuino del Mar Menor es la anguila que se exporta a otras regiones por el desprecio o el rechazo de los “ab-orígenes”).
Nuestro carácter levantino es muy peculiar, y con respecto a lo común hay una especie de creencia de que allí donde estamos para disfrutar de algunos momentos es un lugar que nos está ofrecido por la naturaleza o por la administración y que podemos destrozarlo y ensuciarlo, y que “esos” se encarguen de la limpieza de toda la porquería que hemos dejado a nuestro paso. ¡¡¡Para eso están…!!!
Dicen los profesionales de la siquiatría que el primer síntoma de los familiares de un enfermo grave, incluso del mismo paciente, es el rechazo y la negación del mal, disimulándolo con argumentos peregrinos.
A los políticos poco experimentados pero aleccionados con consignas propagandísticas, les suele ocurrir lo mismo.  El mal no existe, es producto de la rivalidad de los contrarios. Incluso llegan a utilizar argumentos tan infantiles como los de que “esos bulos” los ha generado la competencia comercial o regional para dañar su imagen.
Sería conveniente que algunos de estos “responsables” leyeran o re-leyeran “La Peste” de Albert Camus, en los capítulos en los que el Doctor Rieux, experto en la materia, presencia los plenos concejiles donde los políticos piensan en la manera de disimular el problema en vez de enfrentarse a él, buscando sinónimos o paráfrasis. Al final se ven obligados a enfrentarse a una de las peores tragedias de la historia de la ciudad, pero ya es tarde y los daños se han multiplicado en exceso.
De esto me suenan tantos argumentos acerca del Mar Menor. Para pensárselo….

 

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