Es si es lo que parece.

“Caffard”, “spleen”, “saudade”, “morrinha” definen un estado de ánimo que no es la tristeza ni la melancolía, aunque puede estar cercano a la depresión.
Así me encuentro desde hace varios días, ante los acontecimientos político-judiciales que envuelven a esta tierra y a sus habitantes. Y no tanto, creo, por la realidad de los hechos, si no por las decepcionantes reacciones del protagonista principal. La persona que, por los entresijos de la política, nos representa.
No ganó las elecciones, en el sentido de haber conseguido la mayoría de los votos. Su presencia en el cargo no significa que “la inmensa mayoría de los murcianos” le respalden. No cuenta con los respaldos sociales que debiera. Y, llámese como se quiera,  tiene que comparecer con un abogado ante un juez para responder de diferentes cargos. No es una consulta ni una reunión social. El hecho es así, y no voy a entrar en criterios tertulianos sobre la forma en que la lengua castellana lo define.
La semántica es la ciencia que estudia y describe el significado de las palabras, y la semiótica lo hace con respecto a la utilización de esos significados. Palabras, tiempos verbales, sinónimos… Nunca el lenguaje había tenido tanto protagonismo en un proceso judicial, tratando de escapar o disimular una realidad, que es la que me lleva a ese estado de ánimo: La pobre categoría humana y política de la persona que debería representar a todos los murcianos, eludiendo un pacto entre caballeros.
Ya hay quien dice que todo esto es un proceso de acoso y linchamiento hacia esa persona. Me atrevería a pedir, si no fuera por ese “caffard” que me tiene envuelto, que por respeto a todos los murcianos, el aparato “gubernativo” (que no debiera involucrarse tanto, mientras que el aparato político local del partido al que pertenece esa persona oficialmente permanece callado) debería mantenerse al margen y evitar acusaciones a los que comentan, discuten o sencillamente exigen, siguiendo el más básico de los conceptos democráticos, que es que esa persona resuelva sus problemas judiciales desde su condición de persona corriente, y no como presidente de un millón y medio de murcianos a los que, aunque no todos piensen como él, los representa.
Hay algo que puede agudizar mi estado de ánimo: Es comprobar que para justificar todo esto se está recurriendo a técnicas de comunicación utilizadas por siniestros sistemas políticos centro-europeos.
Sé de lo que hablo puesto que durante algunos años he dado clases de teoría de la comunicación en algunas universidades apoyado en un trabajo científico de altísima calidad: “La mentira en la propaganda y en la política”.
Definitivamente, esto si es lo que parece.

 

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