Murcia: Señas de identidad

Notas para unas señas de identidad regional
Debido a las adversidades, (históricas, políticas, climatológicas y similares), a las que ha tenido que enfrentarse el murciano, su mayor y quizá más relevante signo identitario se encuentra en su capacidad de superación propia, sin buscar ni esperar ayuda externa.
No se trata de un comportamiento sumiso ni derrotista, sino más bien una necesidad innata de supervivencia. Esta actitud ha quedado de manifiesto en las zonas de huertas donde han sido frecuentes los episodios de avenidas, crecidas e inundaciones a lo largo de la historia. De la misma forma se reaccionaba, en tiempos pasados, frente a las asoladoras plagas de langosta, epidemias de los ganados, e incluso fuertes episodios sísmicos, sin mencionar las eterna escasez del agua, tanto para consumo humano como para la agricultura y la ganadería, resuelta mediante las múltiples formas ancestrales de su obtención y conservación (pozos, balsas, aljibes, Etc).
Hasta el siglo XIX, cuando se constituyen los ayuntamientos democráticos, las ciudades, villas y lugares del Reino de Murcia se administraban de forma casi autónoma, salvo en los asuntos de hacienda y defensa. Esa autonomía permitía tomar iniciativas y decisiones para afrontar los problemas locales de todo tipo y gravedad.
Al surgir los sistemas democráticos de elecciones locales, regionales y nacionales, se abrió la locura de la partidocracia, pasando a tomarse todo tipo de decisiones desde la Corte. En la mayoría de los casos, los cargos eran obtenidos por terratenientes, abogados y personas con fuertes intereses locales. Muchos de aquellos hombres consiguieron y aumentaron su caudal gracias a la desamortización de Mendizabal, adquiriendo tierras y poder.
El federalismo generado a raíz de la primera república, pretendía dotar de una cierta autonomía a las diferentes regiones diseñadas con la nueva distribución geográfica, al desaparecer los antiguos reinos, señoríos y similares.
Sin embargo, la región de Murcia apenas no consiguió más que algunas mejoras en un discreto trazado de ferrocarril que conectaba Madrid y Cartagena con cierta rapidez, tanto por intereses comerciales (salida al  mar de ciertos productos) como de poder comunicar militarmente el centro del país con la plaza de Cartagena, así como la conexión de Valencia con Andalucía. El resto, es decir las carreteras y los caminos comarcales permanecieron casi abandonados hasta las primeras décadas del siglo XX, cuando comienzan las mejoras en carreteras nacionales y locales, mediante el trabajo de un grupo de políticos murcianos que ocupó cargos de cierta relevancia en diversos ministerios.
Ese aislamiento mantuvo en un estado casi medieval a muchos lugares, potenciándose la influencia de los dueños de las tierras, a su vez representantes de las ideologías dominantes.
Entre 1880 y 1915 hubo un enorme impulso a las redes ferroviarias, motivado sobretodo por la potente actividad minera que se desarrolló no solo en la costa sino en toda la región. Puede servir de ejemplo el proyecto de enlazar todos los pueblos del Valle de Ricote con Cieza y Alguazas mediante un ferrocarril de vía estrecha para dar salida tanto a todo el mineral que se pretendía extraer de las numerosas concesiones mineras como a los productos hortofrutícolas de la zona. /Debe recordarse la iniciativa de un empresario del lugar que consiguió el famoso itinerario – Abarán/París/Londres -, haciendo llegar sus mercancías hasta la estación de Cieza y de allí dirigirlas al puerto de Santander y distribuirlas por los puertos franceses e ingleses/.
Volviendo a esa seña de identidad autóctona de superación individual, a lo largo de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, al ver que los grandes problemas solían quedar en promesas o en pequeñas iniciativas, los murcianos se encerraron en sí mismos, surgiendo un fuerte recelo hacia la política nacional. Para ello, buscaron aquellos elementos históricos, geográficos o tradicionales que les fuesen más cercanos. En esto tubo un importante papel la actividad de los colectivos católicos que potenciaron una especie de calendario festivo, incluyendo ritos, creencias y costumbres populares de carácter laico en las fiestas y rituales religiosos. Numerosas adversidades eran atribuidas a la influencia del mal, (representado incluso en ciertas ideologías) cuyo único remedio se obtenía a través del culto a ciertos patronazgos, muchos de ellos potenciados por la iglesia al perder poder las grandes comunidades monacales como los Franciscanos y los Dominicos.
Así se puede comprender la fuerte presencia de los estamentos religiosos en todos los lugares.
Este fenómeno, unido a la exaltación del carácter local frente a la del vecino, ha degenerado en presuntas rivalidades, y creado un espíritu comarcal que dificulta potenciar la idea global de región. Debe recordarse que en el momento de constituirse las regiones españolas, en el caso de la Región de Murcia, constituida junto con la provincia de Albacete, se recurrió a todo tipo de argumentos (desde históricos hasta folklóricos) para adjudicar la capitalidad.
Contrariamente a lo esperado por el común de la ciudadanía, con el desarrollo democrático, a partir de 1978 de nuevo se abrió el pensamiento ideológico representativo mediante partidos que reflejaran las ideas y necesidades de los españoles, entre ellos los murcianos. Sin embargo, a pesar de continuas promesas (casi siempre electorales), entrevistas ministeriales y similares, los problemas murcianos seguían sin solucionarse, debido fundamentalmente a la nueva configuración de los partidos de ámbito nacional, en la que predominaba la estrategia del dominio y del control de votos y prevaleciendo la disciplina de voto, a diferencia de otras épocas en las que cualquier Diputado o Senador podía manifestar sus pensamientos, proyectos e ideas, aún en contra de sus propios partidarios.
Esta situación desembocó en una lucha, a veces dura y violenta, en los pequeños lugares por la obtención del escaño, de la concejalía y hasta la vocalía en una junta vecinal. La predominancia en Murcia de los dos grandes partidos hasta hace unos años, generó un desencanto, que de alguna forma motivó la aparición tanto de movimientos urbanos propios de las élites culturales desencantadas de la izquierda (“Podemos”), como de pequeños partidos sin mayor representación ni ambición que la meramente local.
Esta dispersión, con frecuencia falsamente identitaria de esos lugares, barrios o pueblos, ha aumentado ese desinterés por lo regional.
Dentro de mi visión de este serio problema, una clave sería buscar aquellos elementos comunes a todos los murcianos, limando esas diferencias, que han convertido este país en 47 comunidades diferentes.

             

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