Los Salzillos dentro de la Catedral

Catedral de Murcia, 5 de abril de 1784
20170405El Señor Portilla, por si y a nombre de los demás Mayordomos de la Cofradía de Jesús Nazareno, suplicó al Cabildo se sirva permitir que en la mañana del Viernes Santo se abra la puerta de los perdones para que entren y salgan los pasos de la Cena y Columna respecto a no caber por las otras dos puertas colaterales sin mucha angustia y con evidente riesgo de desgracias.
El Cabildo concedió dicha licencia solo para los dos referidos pasos pero con las limitaciones y prevenciones acordadas en los años antecedentes acerca de la hora en que debe entrar la procesión en esta Santa Iglesia, y silencio que se ha de observar.
De todo lo cual quedó entendido dicho Señor Portilla.
Una de las leyendas que existen en torno al ritual de las procesiones de Semana Santa en Murcia sigue siendo el que en algún momento los desfiles pasionales discurrieran por dentro de las naves de la Catedral.
Hasta donde hemos llegado en nuestros rebuscos, sólo hemos encontrado unas escasas referencias al asunto, y todas localizadas en las últimas décadas del siglo XVIII y algunas del XIX. Y se nos hace necesario concretar algunos puntos al respecto.
En primer lugar, conviene recordar que en el edificio de la catedral y en su entorno se realizaron obras a lo largo de todo aquel siglo, por lo que el tránsito en su entorno era imposible, o cuando menos, peligroso.
La fachada o imafronte se pudo levantar a lo largo de las primeras cuatro décadas del siglo, lo que conllevaba la existencia de andamios y espacios ocupados por los maestros alarifes, además del necesario trajín de los carros y aperos de los que traían las piezas para ser colocadas. Esta actividad involucraba no sólo el exterior sino también la nave inmediata del templo, en donde el trabajo también era muy activo.
Para aislar el templo de todo ese movimiento se habían colocado unas enormes cortinas que trataban de preservar el resto del templo tanto del ruido como del polvo y demás que conllevaba la obra.
En segundo lugar: Una vez terminada la fachada, se planteó tanto por el Cabildo como por el Ayuntamiento el “Hermosear” el resultado abriendo el espacio y creando una plaza nueva. Para ello era preciso trasladar la sede del obispado, viejo y deteriorado edifico que ocultaba la fachada por estar justo enfrente. Para ello fue necesario negociar con el Marqués de Los Vélez que era propietario de un palacete que circundaba la plaza por su lado sur. En esto no hubo problemas. Se derribó el antiguo palacio del obispo y parte de el del Marqués sobre él se construyó el actual palacio episcopal dejando libre el espacio frontal de la fachada.
Todo ello se hizo a mediados del siglo XVIII, muchos años después de que Belluga se hubiese marchado de Murcia.
Hubo otras reformas en el edificio catedralicio, pero fueron de menor relevancia para la plaza. Sin embargo, se habían acometido las obras de terminación de la torre, detenidas desde siglos atrás por la mala cimentación de su base.
En tercer lugar: Alguna vez hemos comentado que las iglesias, a consecuencia de los tratados con el Estado Vaticano, eran consideradas como territorio propio de ese estado, lo que permitía que muchas personas, tratando de escapar a la acción judicial, se refugiasen en ellas, lo que les garantizaba una cierta inmunidad. Esas gentes vivían dentro de los templos, y la catedral de Murcia no era una excepción. A lo largo del siglo XVIII sus “inquilinos” no bajaban de diez o doce, alojados bien en las capillas laterales o bien en algunos espacios de la torre.
En cuarto lugar: Aunque según el protocolo del Cabildo, la mayoría de sus Canónigos se tomaban “vacaciones” desde el martes Santo, o de perdón, el rito de las ceremonias del santo tiempo se cumplía rigurosamente. Los miércoles, jueves y viernes Santos se cantaban las pasiones, se rezaban los oficios y si asistía el obispo de turno, el miércoles se procedía al lavado de pies de doce mendigos. Además las familias o agrupaciones propietarias de las capillas y altares privados, que sólo estaban protegidas por unas verjas de madera muy viejas y muy deterioradas, procedían a su limpieza y mejoras. Y no bajaba la asistencia de fieles en número, al menos, de trescientas personas. Esto arrastraba una abundancia de “pobres almas” que pedían la voluntad, cuando no se la tomaban directamente.
En conclusión: Si un colectivo gremial como lo era una cofradía, aunque fuese la de mayor rango y a la cual perteneciesen algunos miembros del Cabildos, solicitaba poder introducir su comitiva dentro del edificio, por parte del Cabildo se le exigían ciertas precauciones y garantías, tales como ir acompañados de vigilantes para evitar confusiones, y garantías y fianzas para cubrir los posibles perjuicios.
No en vano deben ser recordados los numerosos bandos de buen gobierno que reclamaban precaución frente a supuestos penitentes vestidos con las túnicas propias de las cofradías, que en realidad eran ladrones y “gentes de mal vivir”.

 

En la penumbra

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Ayer, entre penumbras, me encontré con este tipo.

Berta: primera foto lunar

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Pelea entre marineros

DSC_0017Cartagena, 11 de mayo de 1738
Pareció Nicolás Fipo, consejero de la Galera San Felipe, y dijo:
Que por cuanto en el disgusto que tubo con Pedro Casal, piloto de la misma galera, resultó herido de las heridas (s) que este le dió, de que a el presente se halla sano y fuera de peligro. Y habiendo interiormente perdonado la ofensa y derecho que pudiera tener con el dicho Pedro Casal, ahora es la voluntad del otorgante ponerlo en ejecución por instrumento público.
Y desde luego, teniendo presente la Santa Ley de Jesucristo y lo que enseña por sus Sagrados Evangelios, perdona al dhº Pedro Casal de la ofenza (s) que le hizo remitiéndole todos los agravios que contra el otorgante le hiso, y se aparta de los derechos y acciones que le competían en la causa fulminada de oficio por el Señor Auditor de las Reales Galeras, para que ahora ni en ningún tiempo se tenga como parte. Antes bien, pide y suplica al Sr Auditor le haya por apartado y desistido y que la determinación de la causa sea, atendiendo a su desestimiento que lleva hecho. Y que para la seguridad de no tener mas cuestión en adelante, dé fianza el dicho Pedro Casal de que no tendrá con el otorgante disgusto alguno, y si que vivirán como buenos amigos.
No firmó porque dijo no saber y a su ruego lo hizo uno de los testigos.

José A. Martínez Muñoz

y veintiseís
Y cuando calla el saxo
y el charles levanta su último vuelo
si uno se fija queda en el cuarto
un sonido un murmullo apenas un rumor
como si un animalillo hubiera decidido pasar la noche bajo la silla
y uno se dice que es el viento en la ventana
(el viento y nada más)
pero se sigue oyendo sordo un apenas rozar
silente y taimado como de lince que acecha
o como si hubiera entrado en la casa una partida del vietcong
como si alguien pasara las páginas de nuestras memorias
y las leyera en la sombra
un rezongar asmático de escolar que repasa las cuentas
de viejo confesor o de fusilero
como cuando se escucha el urdir del reloj
o el comercio de los topos en una noche de insomnio
como el siseo en la brisa del diario que cubre un cuerpo
el visillo desgarrado de la casa vacía
o el último leño que muere en el hogar
como el rasgar de la pluma sobre la bitácora del náufrago
y uno cree oír un silencio de nadie al teléfono
y el eco ligero de un resuello que no es el suyo
y supone que es el silencio (el silencio y nada más)
y pudiera pensar que se asienta la casa
o hay carcoma de los muebles
o que el perro anda otra vez royendo su hueso
pero lo que se escucha mientras el humo teje su danza
como una quinta columna es la vida
que da cuenta de cuanto queda de uno

 

María Linares, carnicera

Me hubiese gustado conocer a María Linares, carnicera del Lugar de La Palma, en el Campo de Cartagena.
A pesar de muchos criterios erróneos, las mujeres tuvieron un papel muy activo en la sociedad murciana del siglo XVIII. Era habitual que los mostradores de las panaderías, pescaderías y fruterías estuviesen atendidos por mujeres. En los muelles y orillas de lugares donde la pesca era la principal actividad iban las mujeres a coser redes y a otras faenas, al margen de la colada. En las marinas, era frecuente que los hombres hiciesen los guisos de pescado, por ser esto a pleno sol.
En las grandes ciudades, algunos comercios de zapatería y pañería eran propiedad de mujeres, aunque el negocio estuviese registrado a nombre de un familiar, en caso de que la propietaria fuese soltera. Grandes haciendas eran gestionadas por sus dueñas al haberlas heredado de padres o maridos fallecidos.
En los pequeños núcleos de población, esas actividades estaban “mal vistas”, y a las trabajadoras se las acosaba de la forma más cruel que pudiera darse: “el desprestigio”.
Por antiguas leyes de la administración, era una obligación de los Ayuntamientos garantizar el abastecimiento de las llamadas cuatro especies: carne, vino, vinagre y aceite a los lugares. Para ello se sacaba a subasta cada una de ellas, distribuyéndolas el adjudicatario a los “Estancos” y tiendas, con la precisa condición de que la carne debía vender en una tienda específica, para evitar contaminaciones con otros géneros.
La inspección de la calidad de los productos corría a cargo de los “fieles ejecutores”, antecesores de los actuales inspectores de consumo. Era frecuente que esos abastecedores, confiados en que por la distancia de los lugares a la Ciudad o Villa, era difícil que se averiguase si cometían alguna tropelía, ofreciesen carne, sobre todo la del abundante cordero, que no tenía la calidad requerida.
Sin embargo, La Palma y Pozo Estrecho, eran muy frecuentados por Concejales y otros miembros relevantes tanto de la sociedad cartagenera como de la de Murcia ya que allí tenían haciendas y tierras. En La Palma estaba una de las Tercias más productivas del Cabildo catedralicio, y allí residía uno de los Canónigos buena parte del año.
El abastecedor del lugar, al parecer, solía “cortejar” con malas formas a María Linares, casada pero con el marido carnicero en destierro, por lo que se ocupaba ella de la tienda. Ese hombre no dudó incluso en inventarse argumentos para desprestigiarla ante los regidores de la Ciudad.
23 de julio de 1781. La Palma, Diputación de Cartagena
Francº Aracil, escribano del Rey, Nrº Sr, público en su Corte y Reinos y Señoríos del Número y Juzgado de la Ciudad de Cartagena, estando al presente en este Partido de La Palma, doy fée:
Que siendo como las 4 horas de la tarde del día de la fecha, acompañado de Don Isidoro Rabacho, Regidor perpetuo de dicha Ciudad, pasé a la casa de María Linares, mujer de Vicente Sánchez, de ejercicio cortador. Y estando en ella, Don Isidoro mandó a la expresada María manifestase el peso de la balanza donde pesa la carne, para ver si tenía o no algún defecto. Lo que inmediatamente ejecutó, y se reconoció estar cabal.
Acto seguido, le preguntó qué pasaje le había ocurrido el día 17 del actual con Pascual Pérez, uno de los obligados de carne de ese Partido.
A lo que respondió: -Hallándose en mi casa, donde vendo la carne, el mencionado Pascual ese día acompañado de Juan López y Giménez del Olmo, en ocasión que entró por carne un cuñado del Cura de esta Parroquia llamado Bartolo, y dádole yo la que pidió, respondió el Pascual Péres, hablando con su compañero:
-¡Mira qué pesada de carne! ¡La buena, como pierna y costillas, es para el Cura y Rabacho, y los huesos para nosotros!
A cuya expresión, le respondí yo como expresaba semejantes palabras cuando estaba acostumbrada a despachar carne a las personas que iban por ella con la regularidad y proporción de hueso según la cantidad que piden, y en  particular a Don Isidoro, que me tiene dada orden que cuando vengan por carne de su casa, le eche algún hueso como codillo y eso.
Y entonces el Ginés de Olmo, hablando conmigo, me dijo:
-No te canses, pues quien nos mueve para que hablemos es tu amo.
Preguntó Don Isidoro a la citada María qué actos de Jurisdicción ejecutan Pascual Pérez y José Mínguez cuando ella o su sobrino Juan Sánchez despachan las carnes las mañanas; y a qué hora se ejecuta la matanza de las reses que se venden.
Respondió:
-Pascual Pérez y José Mínguez, en algunas ocasiones se han puesto detrás de mi sobrino al tiempo que estaba en la tabla despachando, y le decían y hacían despacharse a los sujetos que ellos querían con preferencia a otros, y señalando la carne que les había de dar con hueso o sin él. Con este motivo, llegó el extremo que en una de las ocasiones que practicaron este acto, se impacientó su sobrino saliéndose aburrido de la tabla, porque le privaban despachar con proporción la carne que vendía. Y en punto de matanzas unas veces la hacían a la oración, otras a las diez de la noche, y otras a las once o más.
De todo lo cual el mencionado Don Isidoro me requirió a mí, el escribano, que para los efectos que le convinieren y hubiese lugar, se lo diera por testimonio. Y para que así conste, a su instancia doy el presente que signo y firmo con él en este Partido de La Palma a 26 días del mes de marzo de 1781
Don Isidoro Romero y Rabacho = Ante mí Francº Aracil
Así mismo yo el infrascrito escribano, doy fée: Que estando la tarde de este día, siendo como las 6 horas de ella en las casas de morada del enunciado Don Isidoro Rabacho, que las tiene en esta Población de La Palma donde igualmente estaba el Diputado de ella, Domingo López, a mi presencia le preguntó Don Isidoro qué pasaje le había ocurrido el día 17 del corriente con Pascual Pérez, obligado de carne en este Partido. A que le respondió:
-Estando ese día enfrente de su casa que tengo inmediata a el pozo concejil, pasó el Pascual acompañado de Francisco León y otro vecino, que no hago memoria su nombre y apellido. En voces altas, me dijo ¿Por qué no vas a repesar la carne y cumplir con tu obligación? A que le satisfice que si él sabía que la carnicera o el carnicero la daban con falta, por qué no lo remediaba, supuesto que era su Amo. Y entonces me replicó el Pascual, encarándoseme con los que iban en su compañía, fuesen testigos que de aquí al Domingo eso me había de costar dinero.
Al oír aquello, le requerí y también a los otros sujetos lo fuesen igualmente, de qué me amenazaba, en qué me había de costar el dinero sin avanzar qué motivo hubiese para ello.
No contento con lo referido el Pascual, insistió el día 24 del propio mes, haciéndome como burla o escarnio, y diciéndome que por qué no iba a hacer justicia. A lo que no me contestó por valerse de su prudencia porque conocía que me quería provocar.
De todo lo cual me requirió el mismo Don Isidoro Rabacho se lo diese por testimonio.
Y para que así conste, a su solicitud y para los efectos que le puedan convenir, Doy el presente que signo y firmo con Don Isidoro en este Partido de La Palma a 26 días del mes de marzo de 1781
Don Isidoro Romero y Rabacho ante mi Francº Aracil.
Papel del médico del lugar
Certifico yo, Don Diego Morote Melgares, medico titular de La Palma, Jurisdicción de la Ciudad de Cartagena, que siéndome indispensable atender al bien público respecto las enfermedades que a mi cuidado incesantemente practico y asisto. Y siendo el uso de los alimentos una de las precisas y más necesarias prevenciones para que con su alituoso nutrimiento se ejecuten los aciertos de un total exterminio y recta curación, si estos no son saludables no causan los efectos que a cada paso observamos. Y habiendo experimentado que las carnes que se venden y que usan los enfermos, en vez de prestarles el efecto debido, se encuentran perniciosos síntomas deletéreos que, ya alterando precipitan las dolencias, ya con su nociva cualidad exaltando fulíginos dañados, perecen muchos de los que de tales alimentos usan.
Por tanto prevengo ésta mi certificación para que se providencie no sean esas carnes mortecinas ni de otra cualquier cualidad distinta al exacto régimen.
Y para que conste, doy esta en 13 del mes de julio de 1781.
La Palma, Don Diego Morote Melgares.
Pleno del Ayuntamiento:
El Señor Don Isidoro Rabacho, dijo: Que deseando contribuir a las justas intenciones de la Ciudad, con motivo de hallarse actualmente en su Hacienda del Partido de La Palma, ha procurado atender a el reconocimiento de la bondad de los géneros de que se abastecen los moradores de aquella Diputación, y señaladamente en cuanto hace a las carnes que tanto necesitan los muchos enfermos que hay en ella.
A este efecto ha pasado algunas veces a la carnicería que está a cargo de María Linares, le ha enterado la misma de las considerables faltas que se han verificado así en cuanto a la calidad y naturaleza de las reses que se deshacen como en cuanto a el modo de distribuirlas al público, según se reconoce del testimonio que entrega. Y también la poca regularidad del abastecedor de esta especie, Pascual Pérez, queriendo abrogarse las facultades que no le corresponden en modo alguno. Debiendo añadir que, así este como su compañero José Mínguez, han intentado varias veces surtir la carnicería (y aun tal vez lo habrán hecho) de carneros enteros y mortecinos, cuyas resultas pueden ser perjudiciales a la salud pública como lo indica la certificación del Médico Don Diego Morote, que igualmente acompaña a el referido testimonio.
En cuya inteligencia, y para que se provea de remedio a unos daños tan considerables, y quizá a otros mayores que puedan resultar de estos abusos si a Pascual Pérez no se le contiene en los términos de sus facultades obligándole y a su compañero a que cumplan las obligaciones de su acto, para lo que será conducente se determine tiempo y hora en que deba hacerse la matanza, presenciándola el Capitular que se encuentre en aquella Población, o en su defecto cualquiera de los Diputados de ella. Espera de la justificación de la Ciudad que sobre ello y sobre todo lo demás, acuerde lo que tenga por conveniente.
Entendida la Ciudad, Acuerda: Que el Señor Don Juan García Campero y el Caballero Procurador Sindico General pasen a ese Partido y examinen lo que hubiese en el asunto, haciendo todas las prevenciones correspondientes a los obligados y Diputados.
22 de octubre de 1781
Vióse un memorial presentado por Pascual Pérez, vecino y labrador del Partido de La Palma y abastecedor subrogado en esa Diputación, exponiendo que estando en la libertad de poner cortador que cuide del despacho de aquellos moradores, y aun siendo responsable a las omisiones y co-omisiones del que se emplee en este ejercicio, bien instruido de los defectos de María Linares (a la que destinó a este efecto por sus muchas suplicas) y que han motivado repetidas quejas a esta Ciudad  y a que se dignase acordar su cometido al Caballero Capitular Don Juan García Campero para el examen de esas quejas, se ha visto en la precisión de despedirla.
La susodicha, auxiliada de su genio díscolo, no quiere separarse de su destino ni menos adherirse a lo que le previene el que representa ni los Diputados del citado Partido. De suerte que es una nota y escandalo lo que vocean aquellos moradores en relación a las faltas que experimentan en las pesadas.
Por todo lo cual y demás razones que expone, suplica a esta Ciudad se sirva resolver lo que sea de su agrado, para que entendido el que representa de su resolución y acuerdo, haga el uso y merito que necesita para la indemnización de todas resultas.
Entendido por esta Ciudad, Acuerda: Da su comisión al nominado Sr Don Juan Campero a efecto que haga que Vicente Sánchez, que parece es el cortador, corte y no María Linares.
29 de noviembre de 1781:
El Señor Don Juan García Campero, dijo: Que en cumplimiento del acuerdo de esta Ciudad celebrado en 22 del corriente, relativo a que pasase su Merced como actual fiel ejecutor a la Diputación de La Palma, de este término, a efecto de reconocer y remediar el modo y forma con que se expedía la carne a los vecinos del citado Partido. Y  habiéndolo puesto en ejecución, se confirió su Merced en la mañana del siguiente día 23 al enunciado Partido. Y pasando a la carnicería encontró a María Linares, que es quien ejerce y dirige la tabla de carne a causa (según expresó) por hallarse su marido en destierro. Y el referido Diputado mostró un Decreto del Sr Alcalde Mayor, en que se le prevenía no permitiese en aquella tabla otra persona para el despacho de la carne que la referida María Linares.

 

Will Eisner: Alegoría murciana

170305Durante este mes se está celebrando el centenario del nacimiento del dibujante estadounidense Will Eisner, cuyos comics han mantenido una firme crítica hacia las taras de la sociedad.  
La plumilla de Will Eisner que ofrece hoy El Postillón bien podría representar a los murcianos frente a la cerrazón.   

Tierra de “palabra”

170228Esta hermosa tierra murciana que tenemos merece ser gobernada por gentes de palabra.
En los ambientes rurales, cuando dos personas hacen un trato para compra o venta de animales o para cualquier otra transacción laboral, se dan un fuerte apretón de manos.
Este ritual es más fuerte y más comprometedor para las partes que la firma de otros documentos. Esto ha sido así desde hace siglos, y se mantiene hoy en día, o al menos debería mantenerse. 

Es si es lo que parece.

“Caffard”, “spleen”, “saudade”, “morrinha” definen un estado de ánimo que no es la tristeza ni la melancolía, aunque puede estar cercano a la depresión.
Así me encuentro desde hace varios días, ante los acontecimientos político-judiciales que envuelven a esta tierra y a sus habitantes. Y no tanto, creo, por la realidad de los hechos, si no por las decepcionantes reacciones del protagonista principal. La persona que, por los entresijos de la política, nos representa.
No ganó las elecciones, en el sentido de haber conseguido la mayoría de los votos. Su presencia en el cargo no significa que “la inmensa mayoría de los murcianos” le respalden. No cuenta con los respaldos sociales que debiera. Y, llámese como se quiera,  tiene que comparecer con un abogado ante un juez para responder de diferentes cargos. No es una consulta ni una reunión social. El hecho es así, y no voy a entrar en criterios tertulianos sobre la forma en que la lengua castellana lo define.
La semántica es la ciencia que estudia y describe el significado de las palabras, y la semiótica lo hace con respecto a la utilización de esos significados. Palabras, tiempos verbales, sinónimos… Nunca el lenguaje había tenido tanto protagonismo en un proceso judicial, tratando de escapar o disimular una realidad, que es la que me lleva a ese estado de ánimo: La pobre categoría humana y política de la persona que debería representar a todos los murcianos, eludiendo un pacto entre caballeros.
Ya hay quien dice que todo esto es un proceso de acoso y linchamiento hacia esa persona. Me atrevería a pedir, si no fuera por ese “caffard” que me tiene envuelto, que por respeto a todos los murcianos, el aparato “gubernativo” (que no debiera involucrarse tanto, mientras que el aparato político local del partido al que pertenece esa persona oficialmente permanece callado) debería mantenerse al margen y evitar acusaciones a los que comentan, discuten o sencillamente exigen, siguiendo el más básico de los conceptos democráticos, que es que esa persona resuelva sus problemas judiciales desde su condición de persona corriente, y no como presidente de un millón y medio de murcianos a los que, aunque no todos piensen como él, los representa.
Hay algo que puede agudizar mi estado de ánimo: Es comprobar que para justificar todo esto se está recurriendo a técnicas de comunicación utilizadas por siniestros sistemas políticos centro-europeos.
Sé de lo que hablo puesto que durante algunos años he dado clases de teoría de la comunicación en algunas universidades apoyado en un trabajo científico de altísima calidad: “La mentira en la propaganda y en la política”.
Definitivamente, esto si es lo que parece.

 

Esto no es lo que parece… Señor Juez.

Esto no es lo que parece… Señor Juez.
En verdad, parece que los hechos se tornan según los fiscales en mi contra y que la prensa,
(sotovoce : ¡Que Dios les perdone!)
ha venido contando muchas cosas que me involucran en el asunto. Pero en realidad, yo no estoy aquí para hablar de ellos, o de algunos de ellos, que solo tratan de incomodarme.
Su Señoría comprenderá que esto de venir aquí a contar todo eso me resulta muy incómodo, con todo lo que tengo que hacer. Y además no me han acompañado los técnicos de imagen, que tienen aprendido el protocolo de cómo hacerme fotos, y de todo eso. Es tan pesado todo esto…
Verá Su Señoría: Aunque la cita la ha puesto V. S., y que por ello he tenido que aplazar otros asuntos urgentes, deberá anotar que lo he hecho por mi propia voluntad, sin apremios ni arrestos. Porque, insisto, todo esto no es lo que parece, y puede explicárselo tomando un café.
Los tiempos están muy agitados, y con las prisas se pueden olvidar algunas cosillas, o pasarlas por alto. La actividad de mis cargos resulta tan dinámica, que suelen colarse algunas tonterías, de las que luego ni siquiera puedo acordarme. Total, aunque estoy en este puesto porque me votaron, debo dar cuentas primero a los del partido. Ya se encarga la maquinaria de explicarlo a esos. De aquí a cuatro años, todo esto habrá pasado y como les habremos contado todo lo que decimos que queremos hacer, y se lo habrán creído…
/al oido: -Porque, créame V. S. Se lo creen todo y nos votarán/.
En fín. Su Señoría disculpará que no pueda dedicarle más tiempo, y esto solo es una cordial visita de cortesía. Y si no es mucha molestia para V. S., le ruego sea breve en decirme para qué me ha llamado, insistiendo, créame, en que todo eso no es lo que parece.