Tornel y La Candelaria

3 de febrero de 1915
Febrero tiene sus fiestas, como todos, pero tiene unas fiestas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, que no las tiene ninguno: me refiero o las fiestas del Carnaval.
Ya hemos pasado la fiesta de la Candelaria, con sus candelas amarillas, sus tórtolas, su tortada y su procesión, cosas simbólicas de la Purificación de la Virgen.
Hoy la fiesta de San Blas, en la misma iglesia de Santa Eulalia, en cuya plaza continua la verbena de ayer, con mucho concurso de pobres chicas, mucho confetti, muchos cordones de San Blas, muchos empujones.
Es la tradición, que obliga a celebrar esa fiesta sin serlo y sin haberlo sido nunca.
Los frailes trinitarios, que vivían donde hoy está el Museo y el primer grupo de Escuelas Graduadas, fueron los primeros que hicieron y vendieron cordones benditos del santo, pero luego les sucedieron los industriales; ello es que todavía son artículo de comercio y remedio contra males de la garganta, a pesar de tanto específico como hay contra la tos, preconizados con el célebre: sí toseis, tomeis…
Algo a menos ha debido venir esta mercancía, porque ya no la ostentan las mozas bizarras de la huerta ni de los barrios, que eran las que se ponían sobre el pecho esos cordones majos, de sedas e hilillos de plata y oro y con un santo de barro, de regular peso, obra de arte y de piedad, hasta cierto punto; pero porque haya venido a menos, en el concepto popular, no dejan de salir al mercado, de todas clases y precios.
Bueno es siempre la piedad y el pedir con fe lo que necesitamos en nuestras enfermedades, es, por lo menos, un consuelo; pero desde que la gente ha visto que la difteria, que tantas angustiosas muertes causaba en los niños, ha sido vencida por el suero antidiftérico, ni se atiene a brujerías, ni a sortilegios, ni a supersticiones, sino al específico proclamado en todo el mundo. Y esto sin faltar a nada ni faltarle a nadie.
Quiero decir que hasta en estas fiestas populares, como tengan algo de tradicional, se ve cómo el progreso verdadero se va extendiendo en todos las clases y se van borrando viejas rutinas, hijas de la ignorancia o de la falta de medios con que defenderse de los males.
Tampoco se dice ya el conocido refrán:
Si la Candelaria plora
el invierno fora.
porque ha sucedido ya llover abundantemente es ese día y continuar el frío.
Una efemeride tiene este mes muy interesante, condensada en una copla popular que dice:
Del día dos de Febrero
memoria nos quedará:
a las doce de la noche
se quemó la Catedral.
Yo recuerdo haber visto, al día siguiente del famoso incendio, muchos santos del retablo del altar mayor, carbonizados en medio de la plaza de Belluga.
Aquella noche hubo en Murcia el mismo terror que la noche de la riada de Santa Teresa.

 

 

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